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Pedro Peralta: Cuatro décadas de arte del Taller y la memoria de Pablo

 

Este viernes 25 de setiembre, el pintor salteño Pedro Peralta Duarte presenta en Salto “40 años del Taller de la Buena Memoria”, una muestra que recorre cuatro décadas de arte gráfico y enseñanza en Uruguay. En el encuentro con su propia historia artística aparece también la figura de su hermano Pablo, fallecido tiempo atrás y recordado especialmente tras la exposición póstuma “El último viaje”, inaugurada en agosto en Salto.
Hay familias en las que el arte no es solamente una profesión: es una forma de mirar el mundo. Los Peralta pertenecen a esa estirpe salteña de pintores para quienes la creación parece haber sido, antes que una elección, una manera natural de estar en la vida.
Pedro Peralta Duarte llega ahora a las cuatro décadas del Taller de la Buena Memoria. Cuarenta años de obra gráfica, de enseñanza y de construcción paciente de un espacio donde el arte también se transmite, se conversa y se comparte.
Pero al hablar de su propio recorrido, inevitablemente aparece Pablo, su hermano, otro pintor de la familia, cuya obra volvió a encontrarse con el público salteño en agosto, con la muestra póstuma “El último viaje”.
Pedro lo recuerda desde un lugar profundamente personal, lejos de cualquier intento de convertirlo en una figura solemne.
“Mi hermano Pablo fue un tipo muy místico, muy mágico, pero muy poco consciente de todo lo que tenía. Él descubrió el arte, pero con la misma idea que teníamos nosotros, pero él lo hizo mucho más social. Él compartía, convivía con la gente sin ningún tipo de pretensión de ser artista”.
En esa descripción aparece quizás una de las claves de Pablo, el artista que no parecía necesitar proclamarse como tal. Su vínculo con la creación estaba mezclado con la vida cotidiana, con la gente y con una sensibilidad que Pedro define como diferente incluso dentro de la propia familia.
“Era muy diferente a la vieja o a mí”, explica. Y agrega que Pablo podía pasar el tiempo escribiendo poesías, pintando, dejando que las horas transcurrieran entre palabras e imágenes.
Pero hay algo que Pedro rescata por encima de todo, la palabra.
“Nunca fue consciente del poder increíble que tenía su palabra”, dice.
Y allí, acaso, está el núcleo más profundo del recuerdo. Porque a veces el artista no alcanza a dimensionar aquello que deja en los demás. La obra puede sobrevivir a su autor precisamente porque contiene algo que éste no pudo medir mientras estaba vivo. Una pintura, un poema, una frase, pueden adquirir con el tiempo un significado que su propio creador jamás imaginó.
La celebración de los 40 años del Taller de la Buena Memoria tendrá así una resonancia particular. Cuatro décadas de arte y enseñanza no solamente hablan de una trayectoria personal, sino también de una memoria colectiva construida alrededor de imágenes, palabras, alumnos, amigos y generaciones de artistas.
Y en esa memoria, como suele ocurrir con las familias atravesadas por el arte, también están los que ya no están. Pablo es uno de ellos. Su último viaje dejó una obra que continúa buscando interlocutores. Y quizá esa sea una de las formas más hondas de permanencia: seguir hablando cuando el artista ya no puede hacerlo.
CAMACA

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