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Si el Rey Midas hubiera elegido el vino….

 

Dicen que Alontines y Somiro habían nacido en Cosias una población de la costa de Beocia, que no entraba en las disputas entre Corsias y Corseas, pero que tenía también sus cosillas. El vino de la costa tenía un sabor muy especial, que marineros de todas partes solían beber a su paso por Cosías y hacer extender su fama por varios puertos y ciudades….
En ese ámbito viñatero crecieron Alontines y Somiro, entre cultivos llevados adelante por sabios ancianos, que le arrancaban viñedos a las piedras y a los bosques, e injertaban de tal manera los tallos que parecían artísticos sembradíos viñateros, escultura de uvas entre las rocas áridas, y juguetonas vides entre los altos bosques…
Ambos amigos aprendieron todos los secretos del vino, los diferentes tipos y las distintas vides. Los ancianos les enseñaron a beber y a ver, gracias a la vista, el olfato y el gusto según su criterio personal. Un vino era bueno, estaba maduro, pronto o le faltaba un poco.
Se transformaron, sin quererlo, en lo que en el tiempo se conocerían como catadores, es decir, los encargados de probar (catar), diferentes tipos de vinos para encontrar en ellos sus matices, sensaciones, olores, juzgar, tras la cata, las características del vino y su calidad.
No se quedaron allí en el aprendizaje, porque los ancianos les enseñaron la elaboración técnica del vino y de la supervisión del proceso. Por esos se los veías habitualmente en medio de los viñedos, eligiendo el tipo de uva a utilizar o dando vía libre al comienzo de la vendimia. Y ya el vino en pleno proceso cuidando su maduración, día a día.
Los años fueron pintando canas en las sienes de los dos amigos y un día decidieron salir a la mar, salir a la vida, al mundo, a conocer otros vinos, otras formas de prepararlos.
En su peregrino andar probaron, en abundancia, todo tipo de vinos, algunos propios de los dioses, otros humanos sin levante.
Un día, en camino al Asia, cercano a Nisa, se detienen en una posada de un extranjero llamado Tiburcio, que había llegado desde muy lejos, adorador de Saturno y conocedor del secreto de la cocina toda, dada su experiencia recogida en tantos lugares por donde anduvo, en intercambio con otros sabios conocedores de mezclar sabores.
Entre los tres se creó una gran amistad y en mas de una ocasión amanecían tomando distintos vinos y comiendo sabrosos platos creados por Tiburcio.
Un vecino de Tiburcio llamado Danaero, poseía un viñedo muy grande y un día el cocinero lo llama y le presenta a Alontines y Somiro y entre los cuatro combinaron vino y comida, en un maridaje que se hizo famoso, no sólo en la zona sino en toda la región que comenzó a darse los placeres de la bebida y la comida.
El equipo funcionaba a pleno, Somiro, Alontines, Danaero, en el viñedos y como sacristanes en la sacristía de la bodega donde se guardaban los vinos más antiguos y de más calidad. En la sacristía también saboreaban con los amigos los mejores caldos y se hablaba sobre todo de vino y cuando estaba Tiburcio, también de comida. Tiburcio también reinaba en su patio de comidas.
ENTONCES, LLEGÓ SILENO, UN VIEJO VERDE Y BORRACHO
La leyenda decía que era un sátiro que perseguía ninfas en sus mocedades en los bosques, para los cuatro amigos, fue la llegada de un viejo bebedor empedernido simplemente llamado Sileno…
Con el tiempo supieron que Sileno había sido quien educó a Dionisos, el dios del vino.
Tenía fama de sabio, pero a pesar de ser parte de las conversaciones y los beberajes solidificados con ricos manjares, no era de hablar de temas profundos.
Físicamente era lo que se decía por entonces, un tipo muy feo, de nariz chata, mirada fiera y una gordura avasallante. Casi siempre estaba borracho y no paraba de hablar cotidianidades. Una vez amanecieron probando todos los vinos, se durmieron, se despertaron y volvieron a beber y beber. No se sabe si les ocurrió o fue el propio Sileno quien contó, pero, todos formaron parte del cortejo de Dionisio, cuando Sileno se apartó y ellos detrás, y cayó en manos de los campesinos y fue llevado ante el Rey Midas. Fue el propio Rey quien los devolvió ante Dioniso. El Dios del vino sumamente agradecido le concedió a Midas un deseo, que fue ni mas ni menos que el de transformar todo en oro como quiso Midas.
Sabido es que pasado algún tiempo, cuando el rey se dio cuenta que ni siquiera podía comer, pidió que se le retirase el don. A lo que Dionisos accedió..
Sileno, no salía de su asombro de las desventuras de Midas mientras sonreía tocaba una alegre música en su flauta. Dionisos sonreía y hacia palmas ante la música realmente embriagadora de Sileno, por lo cálida y por el tufo a vino que exhalaba.
Fue ahí que Dionisos lo nombró paganamente como el Dios menor, el de la embriaguez .
Alontines y Somiro se lamentaban que el Rey Midas hubiera elegido el oro, y no el vino, la de jarras que se hubieran tomado algo si el rey los incluía entre su séquito de mamertos…..
CAMACA

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