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¿Un país de 19 identidades o una sola matriz?: La identidad no se construye desde la negación ni desde el archivo digital de un decreto

 

 

Uruguay tiene la particularidad de ser un territorio pequeño en extensión, pero profundamente diverso en su fibra local. La frontera no se vive igual que la capital; el litoral tiene su propio pulso, sus héroes y sus tradiciones, al igual que el este o el centro.
Pretender uniformizar o diluir esa riqueza bajo el argumento de que «19 departamentos son demasiado» confunde la escala con el valor.
Las primeras recciones que escuchamos fue de «nos quieren robar la identidad». «Potenciar el país en regiones no funciona, porque el centralismo galopante que tenemos, al final se queda con todo».
«El sentido de pertenencia es algo que se ve que ellos no tienen».
LA IDENTIDAD ESTÁ MÁS ALLÁ DE CUALQUIER REFORMA
La identidad se siente en la esquina, en el léxico propio, en el mate compartido, en el sonido del río o de las calles que recorriste de gurí. Es tu ciudad, tu barrio, tu gente, y esa tonada particular que no se enseña en ninguna escuela, pero que cualquier lugareño reconoce «al toque».
Es saber exactamente quién sos cuando te cruzás con alguien en la plaza o cuando escuchás nombrar a tu pago estando lejos.
Frente a esa vivencia real y palpitante, el discurso que pretende decir que «lo tuyo no vale nada», que «viviste equivocado» o que las pertenencias locales son simplemente un peso o una división innecesaria, suele nacer de una mirada fría, tecnocrática o centralista. Una mirada que confunde la eficiencia territorial con el arraigo cultural.
REGIÓN O TERRUÑO?
La región es una categoría geopolítica o económica, sirve para organizar recursos, infraestructura o presupuestos. Pero nadie se emociona por una «región administrativa N° 3». Nadie escribe un tango, una milonga, una polca o una letra de murga a una demarcación técnica.
El departamento y el pueblo son comunidad e historia, decir salteño, sanducero, coloniense o de cualquier rincón del país no es solo un domicilio en la cédula. Es una tradición, una rivalidad futbolera, una forma de nombrar las cosas, un orgullo local construido durante generaciones. Es la memoria viva de los que estuvieron antes y el suelo que pisen los que vengan después.
No se está equivocado por amar el lugar donde se nació o se echó raíces. La verdadera pertenencia no compite con la nación, la alimenta. Se es uruguayo a través de Salto, de Paysandú, de Colonia, de Rocha o de la Blanqueada, no a pesar de ellos.
Cuestionar si «es mejor ser región que salteño» es poner en la balanza un mapa de papel contra la vida misma. Las banderas, los dichos del día a día y el orgullo por la tierra propia no se borran con discursos, son, precisamente, lo que nos hace ser.
ARÓN VIERA

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