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PCU – MPP: una convivencia difícil que vuelve a tensionar al Frente Amplio

 

Una frase de Alejandro “Pacha” Sánchez sobre el conflicto portuario volvió a poner sobre la mesa una vieja disputa dentro del Frente Amplio: el equilibrio de poder entre el MPP y el Partido Comunista. Pero detrás de la discusión sindical y política aparece una preocupación mayor, el desgaste del gobierno de Yamandú Orsi y las dudas que comienzan a instalarse en la interna frenteamplista.
LA FRASE PUDO HABER PASADO INADVERTIDA. NO PASÓ
En medio de una entrevista, el secretario de Presidencia, Alejandro “Pacha” Sánchez, planteó que, si el conflicto portuario continúa, el gobierno podría recurrir a la esencialidad y deslizó que, si el dirigente comunista Marcelo Castillo no aceptara esa decisión, debería renunciar.
Castillo relativizó las expresiones y procuró bajar la temperatura. Sin embargo, en política algunas frases tienen una dimensión que excede largamente a quien las pronuncia. Y esta volvió a tocar un nervio histórico de la izquierda uruguaya, la relación, nunca sencilla, entre el Movimiento de Participación Popular y el Partido Comunista del Uruguay.
UNA VIEJA DISPUTA POR EL LIDERAZGO DE LA IZQUIERDA
Para comprender la tensión actual hay que retroceder varias décadas. Con el retorno de la democracia en 1985 y la liberación de los presos políticos, el MLN-Tupamaros comenzó su proceso de incorporación a la actividad política institucional. En 1989, junto con otros sectores y dirigentes independientes, pasó a integrar el Frente Amplio a través del Movimiento de Participación Popular.
Por entonces, el Partido Comunista tenía un peso determinante en la estructura frenteamplista. El ingreso de los tupamaros generó discusiones y desconfianzas. En determinados ámbitos se llegó a razonar que era preferible permitir su incorporación porque, de esa manera, podrían ser controlados desde dentro de la estructura política. La historia terminó demostrando que ocurrió exactamente lo contrario.
Durante los años noventa, el MPP comenzó a crecer sostenidamente, encontró en José Mujica un liderazgo capaz de trascender las fronteras tradicionales de la izquierda y terminó convirtiéndose en la principal fuerza electoral del Frente Amplio.
EL VIEJO EQUILIBRIO DE PODER COMENZÓ A CAMBIAR
El PCU, además, atravesaba su propia crisis. La caída del bloque soviético, el derrumbe del socialismo real y las dificultades internas golpearon fuertemente a una organización que había tenido durante décadas un papel central en la izquierda uruguaya.
Con el primer gobierno del Frente Amplio, encabezado por Tabaré Vázquez, los comunistas recuperaron buena parte de su fortaleza política y sindical. Desde entonces, MPP y PCU han convivido dentro de una coalición donde existen coincidencias ideológicas profundas, pero también diferentes culturas políticas, estrategias y concepciones sobre el ejercicio del poder. La convivencia funcionó. No siempre fue sencilla.
MUJICA SUPO ADMINISTRAR LA TENSIÓN
Durante buena parte de su liderazgo, José Mujica entendió que la hegemonía no necesariamente debía traducirse en confrontación permanente. El MPP era la principal fuerza, pero Mujica tuvo la habilidad política de no transformar cada diferencia con los comunistas en una batalla interna.
Eso permitió que el Frente Amplio funcionara como una coalición de intereses diversos, donde las diferencias podían discutirse y, finalmente, procesarse.
El problema aparece cuando el poder se vuelve más estrecho. Y eso es precisamente lo que puede estar ocurriendo ahora.
EL CONFLICTO PORTUARIO COMO SÍNTOMA
La discusión por el puerto puede ser, en sí misma, una diferencia concreta entre el gobierno y el sindicalismo. Pero las palabras de Sánchez introdujeron otro elemento: la posibilidad de que una diferencia sectorial termine convirtiéndose en una disputa política dentro de la propia izquierda.
El PCU tiene una presencia histórica y significativa en el movimiento sindical. El MPP, por su parte, ocupa lugares centrales en el gobierno y tiene una influencia decisiva en la conducción política.
Cuando desde el gobierno se le dice a un dirigente comunista que, si no acepta una determinada decisión, debería renunciar, el problema deja de ser exclusivamente portuario.
El mensaje puede ser leído de otra manera: ¿quién conduce?
Y esa pregunta, dentro del Frente Amplio, nunca es menor.
EL VERDADERO PROBLEMA ESTÁ EN OTRO LUGAR
Tal vez la actual rispidez no tenga como causa principal las viejas diferencias entre comunistas y emepepistas.
Tal vez el problema sea el gobierno. Y, más precisamente, el momento político que atraviesa el gobierno de Yamandú Orsi.
Las encuestas vienen mostrando un deterioro sostenido de la evaluación de la gestión. Cifra registró en junio apenas 20% de aprobación y 65% de desaprobación; incluso entre los votantes frenteamplistas la aprobación no alcanzaba a la mitad.
Otra medición de Factum mostró que 49% de los uruguayos considera que el gobierno está rindiendo por debajo de las expectativas que tenía, porcentaje que sube al 52% entre quienes votaron al Frente Amplio.
Más recientemente, la discusión sobre la evaluación presidencial volvió a generar preocupación dentro del oficialismo, al punto de que el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, cuestionó los resultados de una medición de Opción que ubicó la aprobación de Orsi en 19%.
No se trata solamente de números. Las encuestas empiezan a producir un efecto político cuando son incorporadas al razonamiento de los propios dirigentes. Y eso es lo que importa.
EL FRENTE AMPLI BUSCA UN NUEVO CAMINO
El Frente Amplio se encuentra preparando su Congreso Ordinario, previsto para octubre, y entre los temas centrales aparece precisamente la relación entre la fuerza política y el gobierno, además de la necesidad de ampliar su base social y definir una estrategia hacia 2029. Es decir, la discusión ya está planteada.
¿Qué hacer con el gobierno?
¿Cómo recuperar iniciativa?
¿Cómo volver a conectar con sectores que alguna vez votaron al Frente Amplio y hoy miran al oficialismo con distancia?
¿Cómo administrar las diferencias internas sin convertirlas en una guerra de posiciones?. Y, sobre todo, ¿quién conduce el proceso?
Ahí es donde el viejo enfrentamiento entre MPP y PCU adquiere una nueva dimensión. Porque cuando una fuerza política gobierna con comodidad, las diferencias internas pueden ser administradas. Cuando comienza a perder respaldo, cada diferencia puede transformarse en una disputa por responsabilidades, espacios y orientación.
LA LUCHA QUE NADIE QUIERE RECONOCER
Dentro del Frente Amplio nadie parece interesado en declarar una guerra entre el MPP y el Partido Comunista. Sería políticamente inconveniente y estratégicamente peligrosa.
Pero una cosa es no declarar una guerra y otra muy diferente es que no exista una disputa por la influencia.
El MPP sigue siendo el sector con mayor peso político y electoral dentro del FA. El PCU mantiene una estructura militante, sindical y territorial de enorme importancia.
Ambos necesitan del otro. Y, al mismo tiempo, ambos quieren influir sobre el rumbo de la izquierda. Esa es la paradoja.
La convivencia es necesaria, pero el predominio también importa.
El Frente Amplio ha atravesado momentos difíciles desde 1971 y ha demostrado una extraordinaria capacidad para recomponerse.
Por eso sería apresurado hablar de una crisis terminal. Pero tampoco parece sensato ignorar las señales.
Cuando un gobierno pierde respaldo, cuando una parte de sus propios votantes comienza a evaluar negativamente su gestión y cuando la dirigencia partidaria siente la necesidad de discutir el rumbo, la interna inevitablemente comienza a moverse.
El Congreso de octubre será una fotografía importante de ese movimiento. Allí se verá si el Frente Amplio logra construir una respuesta colectiva o si las diferentes familias comienzan a mirarse demasiado entre ellas. Porque el desafío para la izquierda no es solamente ganar en 2029. Es llegar a 2029 sin haber perdido antes la confianza de una parte de quienes la llevaron nuevamente al gobierno.

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