

El debate en torno a los llamados «discursos de odio» volvió a instalarse con fuerza en el centro de la agenda pública.
Sin embargo, detrás de las advertencias sobre la polarización y la crispación social, asoma una preocupante paradoja, el uso de la descalificación, el agravio y la intención de «enchastrar» al adversario es una práctica transversal que se ejerce desde todos los sectores, especialmente en el ecosistema sin filtros de las redes sociales.
El problema no radica meramente en la crudeza del tono —que abunda cotidianamente en la trinchera digital—, sino en el doble estándar con el que se juzga el mensaje según quién sea el emisor.
DOS VARAS PARA UN MISMO AGRAVIO
En el clima político actual se observa con claridad una vara de medir profundamente asimétrica. Si una expresión dura, filosa o corrosiva proviene de un aliado ideológico o de la propia tropa política, suele ser disculpada o celebrada como un acto de «firmeza», «franqueza» o simple ejercicio de la libertad de expresión. En cambio, si exactamente la misma estructura de palabras, con idéntica crudeza, es pronunciada por un adversario, el diagnóstico cambia de inmediato, pasa a ser catalogada automáticamente como «discurso de odio» o incitación a la violencia.
Esta disparidad evidencia que, muy a menudo, el rechazo a ciertas formas de expresión no responde a una convicción democrática genuina, sino a la pertenencia partidaria o ideológica de quien las enuncia.
LA BANALIZACIÓN DE UN CONCEPTO GRAVE
Esta flexibilidad conceptual conlleva un riesgo severo. El verdadero discurso de odio —aquel delimitado por los estándares internacionales de derechos humanos— no se define por el insulto político, la acidez de la crítica ni por el hecho de que una afirmación resulte hiriente o grosera. Su núcleo distintivo es la incitación sistemática a la discriminación, la hostilidad o la violencia contra colectivos vulnerables o minorías, buscando socavar su dignidad fundamental.
Cuando el rótulo de «discurso de odio» se estira de manera antojadiza para englobar cualquier cruce político intenso, agravio coyuntural o crítica severa hacia una figura pública, se producen dos efectos nocivos:
1 – Se debilita la libertad de expresión, ya que se habilita una lógica de censura blanda o estigmatización contra el que piensa distinto, utilizando un argumento de supuesta superioridad moral.
2 – Se vacía de contenido el término, restándole urgencia y gravedad a los discursos que verdaderamente promueven la intolerancia y el daño social.
EL SÍNTOMA DE UNA GRIETA EMOCIONAL
En definitiva, la discusión actual refleja que la crispación en el debate público ya no se combate por principios, sino por conveniencia. Mientras la agresión propia se relativiza y la ajena se condena bajo el prisma del odio, la convivencia democrática pierde matices y se empobrece.
El desafío para una ciudadanía lúcida radica en exigir rigor conceptual, rechazar el agravio sistemático provenga de donde provenga, pero defender celosamente la libertad de disentir y criticar con dureza, separando el debate político áspero de la verdadera patología del odio social.
ARÓN VIERA

