



A noventa años de su asesinato, las investigaciones de Ian Gibson, Miguel Caballero y Agustín Penón, entre otras, han reconstruido diferentes aspectos de las últimas horas de Federico García Lorca. Sin embargo, el lugar exacto donde quedaron sus restos continúa siendo un enigma. Entre documentos, testimonios, contradicciones y leyendas, la muerte del poeta terminó convirtiéndose en uno de los grandes misterios culturales de la Guerra Civil española.
EL FUNESTO DÍA
Federico García Lorca llegó a Granada el 14 de julio de 1936. Llevaba un pasaje hacia México y la intención de reencontrarse con su familia antes de continuar viaje. Cuatro días después comenzaba la Guerra Civil española. Un mes más tarde, el poeta estaría muerto.
Desde entonces, sus últimas horas han sido reconstruidas una y otra vez. El hispanista Ian Gibson dedicó más de seis décadas a seguir sus pasos, la Huerta de San Vicente, las amenazas posteriores al levantamiento militar, el refugio en la casa de los Rosales y, finalmente, la detención que conduciría al poeta hacia la muerte.
El 16 de agosto fue fusilado Manuel Fernández Montesinos, alcalde socialista de Granada y cuñado de Lorca. Poco después fueron a buscar al poeta a la casa de la familia Rosales. Gibson atribuye la denuncia a Ramón Ruiz Alonso, quien habría sostenido que Lorca había hecho «más daño con la pluma» que otros con las armas.
Tras pasar por el Gobierno Civil, Lorca fue trasladado a La Colonia de Víznar. Allí compartió sus últimas horas con el maestro republicano Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Los cuatro fueron conducidos hacia un paraje cercano a Fuente Grande y asesinados.
Y allí comienza la segunda muerte de Lorca, la desaparición de sus restos.
Una excavación realizada en Alfacar en 2009 no encontró huesos ni evidencias de enterramiento. Otras investigaciones desplazaron posteriormente la búsqueda hacia el Peñón del Colorado, también sin resultados concluyentes. La historia del poeta parece entonces atrapada en una paradoja, sabemos cada vez más sobre sus últimos días, pero seguimos sin saber exactamente dónde terminó su cuerpo.
UNA MUERTE QUE TAMPOCO ADMITE UNA SOLA EXPLICACIÓN
El investigador granadino Miguel Caballero Pérez introdujo otra perspectiva. En su reconstrucción de las últimas horas del poeta cuestiona que su asesinato pueda explicarse únicamente por razones políticas o por su homosexualidad.
Caballero sostiene que Lorca no era un dirigente partidario ni tenía una militancia política orgánica. Era, fundamentalmente, un intelectual comprometido con las libertades republicanas. Su investigación coloca en primer plano las rivalidades personales y familiares existentes en Granada, en un contexto en el que las viejas disputas podían adquirir una dimensión mortal.
Así, las investigaciones dibujan un paisaje más complejo que cualquier consigna. La muerte de Lorca pudo estar atravesada simultáneamente por la violencia política, las venganzas locales, las enemistades personales y el clima de persecución generado por la guerra.
EL CIENTIFICO QUE PUDO HABER ENTERRADO AL POETA
Entre las historias que rodean aquellas últimas horas aparece un personaje menos conocido: Jesús Yoldi Bereau, científico navarro, catedrático de Química y antiguo alcalde de Granada.
Yoldi fue detenido después del levantamiento militar y llevado a La Colonia de Víznar. Según testimonios recogidos años después por Agustín Penón, él y otros presos republicanos fueron obligados a cavar fosas y enterrar a los fusilados. Entre ellos habría estado Federico García Lorca.
La historia adquiere una dimensión casi literaria, un científico dedicado a medir, demostrar y conocer habría quedado ligado para siempre al misterio de una fosa que la historia todavía no consigue localizar.
Pero Yoldi tampoco sobrevivió mucho tiempo. El 23 de octubre de 1936 fue fusilado en las tapias del cementerio de Granada. Tenía 41 años.
Su historia también revela otra forma de desaparición: la burocrática. Un mes después de su asesinato, la Universidad de Granada comunicó que Yoldi «no se presentó a su destino». La frase administrativa terminó convirtiéndose, involuntariamente, en una metáfora del borrado de toda una generación.
CUANDO MURIÓ EL HOMBRE Y NACIÓ EL MITO
Quizás la clave para comprender la persistencia de Lorca esté en aquello que ocurrió después de su muerte.
La hispanista Noël Valis sostiene que el asesinato cortó de raíz la promesa de una obra todavía en expansión y transformó al poeta en una figura cultural de dimensiones universales. Luis Antonio de Villena ha señalado también el carácter mítico que adquirió Lorca, una extraordinaria calidad literaria unida a una muerte trágica que terminó convirtiéndolo en símbolo de una época.
El fenómeno tiene una paradoja, cuanto más se estudia a Lorca, más se multiplica el Lorca que existe después de Lorca.
Está el poeta. Está el personaje histórico. Está el símbolo de las víctimas de la Guerra Civil. Está el icono cultural. Está el escritor universal. Está también el hombre cuya sexualidad fue utilizada durante décadas como explicación de su muerte. Y está, finalmente, el desaparecido. Todos esos Lorcas conviven.
Y ENTONCES APARECE SALTO
En esta historia existe además una deriva rioplatense que agrega una capa todavía más novelesca al misterio.
En 1956, el escritor salteño Enrique Amorim levantó a orillas del río Uruguay un monolito dedicado a Federico García Lorca. El gesto ya era extraordinario, pero lo fue aún más por una versión que comenzó a rodear el homenaje, Amorim habría enterrado allí una caja blanca, de dimensiones semejantes a un osario, pronunciando unas palabras que alimentaron la leyenda, «Aquí está Federico».
Con el tiempo apareció una hipótesis todavía más audaz, que Amorim, utilizando sus contactos y sus viajes a España, hubiera conseguido localizar y trasladar clandestinamente los restos de Lorca hasta Salto. Nada de ello ha sido demostrado.
Y quizá ahí reside precisamente la fuerza de la historia. El memorial salteño funciona como un cenotafio, un monumento para alguien cuyo cuerpo permanece desaparecido. No necesita contener los restos del poeta para contener su memoria.
La historia, en este punto, abandona el archivo y entra en el territorio de la leyenda.
LA ÚLTIMA PARADOJA
Federico García Lorca fue asesinado en 1936, pero su desaparición nunca terminó de consumarse. Cada investigación vuelve a abrir el expediente. Gibson reconstruye sus pasos. Caballero discute las explicaciones tradicionales. Penón recupera testimonios de quienes todavía podían hablar. La historia de Yoldi devuelve al relato a una víctima que durante décadas permaneció en segundo plano. Y Salto conserva, junto al río, un monumento que convirtió una ausencia en presencia. Tal vez esa sea la extraña inmortalidad de Lorca, su cuerpo continúa perdido, pero su nombre aparece en todas partes.
Y el valor de su obra literaria sigue siendo faro de luz….
Recopilación: CAMACA

