

En el fondo de la casa, tres amigos se pasan el mate como si fuera la antorcha olímpica de la resignación. Sesenta años encima, jubilación recién estrenada, y un tiempo libre que parece más un castigo que un premio: ahora hay que pensar.
El cuadro de sus amores ya no es el cuadro. Antes era pasión, alambrado, insultos al juez y lágrimas por cada derrota. Hoy contrata jugadores de otros departamentos, de países vecinos, como si fuera una feria internacional. La cantera, que sacaba cracks como quien cosecha tomates, quedó olvidada. Y lo peor: juegan más con la camiseta alternativa que con la original. ¡La camiseta original! Esa que era casi un tatuaje colectivo. Ahora parece que el club se vende como si fuera una marca de detergente.
Entre sorbos de mate, recuerdan que hace años no van al boliche a truquear o congear. La barra ya no es la barra: algunos se fueron al otro mundo, otros están prohibidos por el médico de tomar alcohol, y los que quedan discuten menos que un convento de monjas. Antes se peleaban por política, fútbol, filosofía barata y hasta por quién pagaba la próxima ronda. Hoy solo queda recordar, y en ese recordar les entra una saudade que parece más un resfrío emocional.
El partido de toda su vida, Fidelidad Soberana, también se volvió un chiste. Los ideales se evaporaron como el agua del termo, las propuestas son distintas, y en la primera fila aparecen políticos de otros partidos buscando un lugarcito en el Senado, en Diputados, en las comunas. Las viejas banderas ya no flamean: ahora se doblan y se guardan en cajones con olor a naftalina.
Un día, entre mates y silencios incómodos, se preguntan qué pasó con ellos tres. ¿Se quedaron varados en el tiempo, como un cassette en la era del Spotify? ¿Los años los transformaron en otra cosa? ¿Qué pasó con el mundo, que ahora todo es distinto y hasta se pelean con viejos amigos con parientes y vecinos, por política, cuando antes todos compartían las mismas ideas de Fidelidad Soberana?
El mate se enfría. La tarde avanza. Y ellos, como tres filósofos de barrio, entienden que la vida cambió más que la camiseta del cuadro. Que la nostalgia es un deporte nacional, y que el único campeonato que todavía juegan es el de pasarse la calabaza, como si fuera el último ritual que los mantiene unidos.
CAMACA

