

En un apacible centro termal del litoral uruguayo, una familia vivió una historia tan insólita como inolvidable. Un hombre salió de la piscina de agua tibia y se internó en el monte sin decir palabra. Su esposa, su hijo, su cuñada y su suegra ofrecen versiones distintas de lo ocurrido. La verdad —simple y deliciosa— se conoció una hora después.
EL MOSAICO DE LA REALIDAD
Ninguna persona puede ver un suceso en su totalidad. Un testigo vio la fachada, otro escuchó el diálogo, y un tercero sintió las consecuencias. Solo uniendo las distintas miradas se completa el «mapa» de lo que realmente ocurrió.
La variedad de perspectivas añade capas de significado. Por ejemplo, en un conflicto, un relato puede hablar de la acción (lo que pasó), otro de la motivación (por qué pasó) y un tercero de las consecuencias (lo que generó).
La existencia de múltiples relatos divergentes confirma que la objetividad absoluta es difícil de alcanzar en el relato humano. Esto es fundamental en ámbitos como el periodismo, la historia o la justicia, donde se busca construir la «verdad» a partir de múltiples testimonios subjetivos.
Concluimos que, las «miradas distintas» son la prueba de la subjetividad humana y, a la vez, el mecanismo esencial para construir una comprensión más profunda y cercana a la verdad de cualquier suceso.
Dicho esto, nos metemos en la historia…
CRÓNICA DE UNA INTRIGANTE AUSENCIA
Fue una mañana de primavera, de esas que huelen a descanso. El sol caía justo, el agua tibia soltaba vapor, y las risas se mezclaban con el chisporroteo del puesto de panchos y papas fritas, al lado de la heladería. Nadie esperaba que, entre tanta calma, se desatara un pequeño misterio familiar.
El protagonista, un hombre de andar tranquilo y mirada distraída, salió de la piscina con paso decidido. Al principio, nadie le prestó demasiada atención, parecía uno de esos paseos de rutina para estirar las piernas o tomar un poco de sol. Pero esta vez algo fue distinto.
Atravesó la gente, cruzó la calle de la arboleda, bajó al empedrado junto al río, y —según varios testigos— comenzó a saltar entre las rocas con un entusiasmo poco habitual para sus 50 y pico. Después, se perdió en el monte. Y quedó en todos los que lo vieron desaparecer entre los árboles, una extraña sensación, cierto presagio, una especie de “nada será igual, en adelante”.
El monte por su parte parecía calmo, indiferente al acontecer humano, soltaba sus perfumes como siempre, ese silbido de la brisa traviesa, el canto de los pájaros, y quien más se divertía era el sol que formaba extrañas figuras con sus luminosos rayos sobre las hojas de los árboles y adornaba el suelo arenoso de sombras divertidas….
LA ESPOSA: “SE FUE SIN DECIR MU”
—Yo lo vi salir, y pensé que iba al baño o a buscar agua —recuerda la esposa, todavía entre la sorpresa y la risa—. En un momento lo vi de lejos, brincando entre las piedras como un adolescente… ¡no podía creerlo!. De pronto, dejó de hacerse rana y se perdió en el monte, ya no lo ví más…Pero pasaron los minutos y nada. Media hora y nada. Entre el enojo y la curiosidad, esperó. Pero la inquietud crecía: “¿Y si le pasó algo?”. Tantos años de vivir juntos sabía que no se apartaba del libreto de la vida, ese manual de lo cotidiano y de todo uruguayo medio. Un buen padre de familia, un buen esposo, un buen vecino, amante del fútbol, de las charlas entre amigos, enterarse de la política, de lo que hacen y lo que no hacen, de ir de vez en cuando al altar de las promesas y creerse lo que cuentan los popes a diestra y siniestra….Trató de ordenar sus ideas, su hombre no era de hacer locuras, ni bromas de mal gusto, tampoco era un irresponsable de irse sin destino, si siempre avisaba, hasta cuando iba a jugar sus nunca salientes números de la quiniela, hasta cuando iba al baño avisaba, así que lo raro era la rareza en que partió si decir mu…
EL HIJO. “YO PENSÉ QUE ERA UN JUEGO”
El más chico de la familia lo observó con fascinación, era su héroe, le llamaba Superpanza” y se deleitaba viéndolo caminar, balancear “su barrilito de cerveza”, como le decía su abuelo, y aquella herradura creciente que formaban sus cabellos en la cabeza…
—Papá parecía contento, como cuando se acuerda de su infancia en el campo. Saltaba, miraba el agua, y después desapareció. Yo pensé que estaba jugando —cuenta, todavía entre risas—. Pero mamá no se reía nada.
Durante un rato, el niño vigiló el monte con la esperanza de verlo volver. “Capaz que encontró un tesoro”, llegó a decir. Lo cierto era que esta vez “Superpanza” no aparecía y eso en su héroe era algo extraño, demasiado, un juego que nunca lo habían jugado, así, de esa manera…
LA CUÑADA: “ESTO VA A TERMINAR EN HISTORIA FAMILIAR”
Siempre atenta, la cuñada fue la primera en sospechar que algo se convertiría en anécdota.
—Yo lo vi desde la reposera. Llevaba esa cara de quien va a hacer algo raro. Caminaba firme, sin mirar atrás. En un momento pensé: ‘este hombre se cansó de todo y se fue’. Pero después me dio risa. Sabía que de algún modo iba a volver, porque el almuerzo ya estaba pago. Iba tan seguro, como un soldado en desfile, pasó por el camino de la arboleda, enderezó rumbo al río y no pude contener la risa cuando lo vi saltar entre las piedras ese corpacho ya no está para esos trotes, que no se vaya a resbalar…Pero, salió airoso y luego se perdió lentamente en el monte, papel en la mano no llevaba, así que descarté alguuna cosa, pero, a lo mejor era otra urgencia…
LA SUEGRA: “NUNCA CONFIÉ EN ESOS IMPULSOS”
La voz más severa llegó, como siempre, desde la sombra de la reposera.
—No sé qué fue a hacer, pero raro fue. A esa edad, uno no anda saltando entre las piedras como si nada. Yo dije: “algo le picó, o algo está tramando”. A mí no me engaña —suspiró la suegra, acomodándose el sombrero. Él es muy alegre, muy cariñoso, muy atento, pero a veces tiene esas cosas que no me cierran del todo, pero, es el marido de mi hija, ella lo entiende, ella lo quiere y hace tanto que están juntos que se ve que lo eligió para siempre, como dijo el cura…
EL REGRESO DEL HÉROE TERMAL
Una hora después, cuando el misterio ya era tema de conversación entre los bañistas, el hombre reapareció. Venía tranquilo, con los pies mojados y un envoltorio verde entre las manos. Cruzó el camino de la arboleda, enderezó rumbo a donde estaba la familia, saludó al salvavidas y volvió a sumergirse en la piscina como si nada hubiera pasado. Emergió con una sonrisa de oreja a oreja y avanzó con una mano en su panza y la otra cerrada como cubriendo un tesoro.
—¿Dónde estabas? —preguntó la esposa.
—Fui a buscar algo —dijo él, con sonrisa de quien vuelve de una expedición. Y al notar la incredulidad y cierto nerviosismo de su compañera de vida, la abrazó con la fuerza de las noches más ardientes y con la seguridad de los que aman de verdad. En el prolongado abrazo y largo silencio, fue como si le hubiera contado todo energeticamente, sin necesidad de palabra. La mujer supo que todo estaba bien y que el Gordi, era el mismo de siempre.
El hijo se acercó curioso. Entre una mano de su padre, asomaban unas ramitas frescas y fragantes.
—¿Qué es eso?
—Menta —respondió el hombre, feliz—. Para el mate.
El hijo supo entonces que su héroe, “Superpanza” lo había hecho de nuevo, que había ido al monte a conquistar al reino de la naturaleza y que regresó con un trofeo que él a veces saboreaba, cuando estaba el mate algo lavado y pocos tomaban, él se servía unos para disfrutarlo como si fuera un mayor. La menta también servía para el té que su madre le preparaba para curarlo de los empachos, cuando se pasaba en la comida o en los dulces…
LA TRADICIÓN CONTINÚA
El silencio duró unos segundos. Luego estallaron las carcajadas.
– La verdad que fue como una película de suspenso, nos tuvo a todos en vilo.- Dijo la cuñada, agregando: Por suerte tuvo final feliz y eso es lo que cuenta”.
La suegra resopló: “Este hombre está loco, pero al menos es naturalista”.
Desde entonces, cada primavera, cuando la familia regresa a las termas, la escena se repite.
Alguien siempre pregunta:
—¿Y hoy quién va por la menta?
Y el protagonista, levantando la toalla como una bandera, responde:
—Yo voy. Pero esta vez aviso antes de desaparecer.
CAMACA

