

Fue en esos días en que todos andábamos detrás de un tesoro, en que al impulsar el pico con todas mis fuerzas al tomar contacto con la tierra-piedra, el choque fue tremendo y me corrió una electricidad.
Con desespero me arrodillé y empecé a mover las manos tratando de quitar todo lo que se interponía con aquella vieja caja de metal semi destrozada por mi envio.
Un trozo de hierro tallado, de unos quince centímetros de largo y cinco de ancho quedó en mis manos. Tenia unas inscripciones extrañas, que quedaron al descubierto con mayor claridad cuando la sumergí por un rato en una bebida cola que todo el mundo siempre dice que afloja el herrumbre, y lo aflojó.
De todas maneras no entendí para nada el simbolismo tallado en el metal. Una parte de mi se sintió un conquistador, un hombre que había descubierto un tesoro, otra parte de mi me culpaba de perder tiempo y dinero y de sacar un metal de la tierra sin saber si servía para algo.
Intervino una tercera posición en mi interior, que afirmaba que era algo con muchos siglos de existencias, y que su apariencia pobre, no era impedimento para que fuera algo valioso, por el hecho de acumular años y por ser tallado vaya uno a saber por qué manos ascentrales..
No conforme con ello una cuarta posición interior se adueño de mis pensamientos, y me hizo ver que el simbolismo tan extraño, podría tener algo que ver con los sumerios, que ellos dejaban por escritos sus cosas en arcilla, pero que por aquí el barro no era bueno y como llovía a cada rato, tal vez quienes tallaron el metal lo hicieron por su durabilidad.
y la quinta pata del gato de mis pensamientos afirmó sus reales en que tenía todas las característica de un mensaje extra terrestre y que el hallazgo fue en una zona muy cercana de donde descendían los ovnis para cargar agua caliente en sus grandes termos, no hace muchos años…
Al final, como suele suceder con los grandes descubrimientos de la humanidad, creo que no descubrí absolutamente nada.
El pedazo de hierro quedó sobre la mesa durante varios días, cambiando de lugar según las necesidades domésticas, primero junto a los libros, después arriba de un mueble, más tarde al lado de una maceta y finalmente en un rincón donde mi mujer decidió que debía permanecer “hasta que averigües qué es esa porquería”.
Consulté libros, miré fotografías, comparé símbolos y hasta intenté encontrar alguna semejanza con la escritura sumeria. También consideré seriamente la posibilidad extraterrestre, porque uno no encuentra todos los días un hierro enterrado con inscripciones misteriosas y, además, en un lugar, como ya dije, donde —según algunos— los ovnis habían venido a buscar agua caliente para sus termos.
Lo único que no pude determinar fue si los extraterrestres tomaban mate. La pieza, entretanto, siguió allí, volviéndose a oxidar con una dignidad que ya quisiera cualquier museo.
Y entonces comprendí que quizá el verdadero tesoro no era el objeto encontrado, sino todo lo que había conseguido imaginar alrededor de él, sumerios, conquistadores, civilizaciones perdidas, visitantes de otros mundos y hasta la remota posibilidad de que algún antepasado desconocido hubiera dejado allí un mensaje para nosotros.
Claro que también existía una sexta posición en mi cabeza, mucho menos poética y bastante más realista, que terminó imponiéndose sobre todas las demás.
Decía, sencillamente:
—Devolvé ese fierro de donde lo sacaste y andá a hacer algo útil.
Todavía no le hice caso.
Después de todo, si algún día vienen los extraterrestres a reclamarlo, no pienso entregárselo gratis.
CAMACA

