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EL ÁRBOL QUE SABE TODO DE FERRO CARRIL: ¡Cuántas historias guarda este árbol!

 

 

 

Si pudiera hablar, seguramente tendría una memoria más extensa que cualquier archivo del club. Porque han pasado generaciones y generaciones de ferrocarrileros, y él sigue allí, detrás de uno de los tableros de la cancha abierta de básquetbol, con esa silenciosa dignidad de quien ha visto pasar la vida sin necesidad de contarla.
Ha sido testigo de conversaciones, de sueños, de discusiones, de triunfos y de derrotas. Ha escuchado las voces de los que fueron jóvenes y luego se hicieron grandes, y también las de aquellos que llegaron después para continuar una historia que nunca termina.
Allí estuvo el Chumbo Arrestia en sus comienzos, cuando era apenas un pibe de gritos rebeldes, y también cuando regresó con todos sus pergaminos a cuestas para moldear a una generación de basquetbolistas que terminó ganándolo todo.
Bajo su sombra se sentaba Rubén Grassi para ajustarse los botines antes de cada partido. Allí el Chirola García hacía de las suyas con sus bromas; y el Gaucho Cardozo, entre una indicación y otra, les decía a los más jóvenes que corrieran, pero que la pelota se la devolvieran a “papá”.
Allí arengaba Ramón Rivas. Y allí comenzaban las charlas técnicas del Morocho Bentancour, con aquella frase que parecía anunciar que ya no había más nada que discutir: “Ahora, es como digo yo…”
También conoció al Chato González en sus momentos de reflexión, conversando con dirigentes sobre proyectos y decisiones para el futuro del club. Y hasta fue testigo de su vuelta inesperada, un día, después de muchísimos años, decidió volver a jugar al básquetbol. Y volvió con ganas, dejando un respetable tributo de dobles en cada partido.
Ese árbol también supo de las hazañas de las bochas. Allí los hermanos Simonelli exhibieron orgullosos sus trofeos, sus medallas y sus copas, como quien le confiaba a un viejo amigo la alegría de una conquista.
PERO FERRO CARRIL NO FUE SOLAMENTE DEPORTE
Entre sus ramas también quedaron prendidos algunos romances nacidos al calor de los bailes de carnaval. Supo de cantinas llenas de gente, de noches largas cuando cantaban las murgas, y de aquel medio tanque que, inevitablemente, terminaba llenándole de hollín las hojas.
Vio pasar la primera Orejona de OFI, seguramente sin comprender del todo el significado de aquel trofeo, pero sabiendo —como saben los árboles— que algunas alegrías tienen una manera especial de quedarse en el aire.
También vio a los gurises del baby fútbol merendar antes de salir a jugar en aquella canchita “Aruasi Céspedes”, que con los años habría de transformarse en el coloso del Estadio Cerrado 1.º de Diciembre.
Por uno de sus costados pasó también la vida cotidiana del club: familias camino a las piscinas, gurises corriendo, jugadores entrando y saliendo, dirigentes proyectando, socios conversando, hinchas celebrando y generaciones enteras dejando, sin saberlo, una pequeña parte de su vida bajo sus ramas.
Quizás por eso ese árbol ya no sea solamente un árbol.
Es, de alguna manera, un archivo vivo de Ferro Carril.
No tiene placas, ni fechas, ni nombres grabados en el tronco. No necesita ninguna de esas cosas. Su memoria está hecha de voces, de abrazos, de pelotas que picaron cerca, de botines ajustados antes de un partido, de trofeos levantados con orgullo, de carnavales, de amores, de discusiones y de sueños.
Y sigue allí.
Sabio y silencioso.
Viendo pasar a los ferrocarrileros de todas las edades, como quien contempla desfilar el tiempo frente a sus ojos.
Tal vez algún día alguien pregunte por qué ese árbol ocupa un lugar tan especial en la sede.
Y entonces habrá que responderle que no está allí por casualidad.
Porque algunos árboles dan sombra.
Otros dan frutos.
Y hay árboles que, como este, dan memoria.
Este es uno de ellos.
Y por eso, además de ser parte del paisaje, es una gloria viviente de Ferro Carril.
CAMACA

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