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El conflicto generado por los despidos en Canal 12 de Montevideo trasciende a una empresa. Es una escena que expone las tensiones de un oficio en transformación, la tecnología avanza, los modelos de negocio cambian y, en medio de esa transición, quienes pagan el costo suelen ser los trabajadores. La pregunta ya no es qué ocurre en un canal de televisión, sino qué futuro aguarda al periodismo uruguayo.
Hay momentos en que una noticia deja de ser noticia para convertirse en síntoma. Lo que ocurre en Canal 12 parece pertenecer a esa categoría.
Los despidos de trabajadores —muchos de ellos desempeñando tareas detrás de cámaras— desencadenaron algo poco frecuente en la televisión uruguaya, una diversidad de reacciones públicas que reveló la complejidad del mundo laboral dentro de los medios de comunicación.
Hubo periodistas que manifestaron su solidaridad con los despedidos y adhirieron a las medidas gremiales. Otros marcaron distancia de la protesta, aunque reconocieron que las empresas atraviesan procesos de reestructuración inevitables. También aparecieron quienes recordaron que trabajan bajo contratos diferentes y no como empleados permanentes, mientras algunas figuras relataron públicamente cómo fueron contratadas, aportando otra mirada sobre la realidad laboral del sector. Paralelamente, una parte importante del personal, tanto delante como detrás de cámaras, continuó con sus tareas habituales.
Más que una fractura, el episodio dejó al descubierto la diversidad de vínculos que hoy conviven dentro de una misma empresa periodística. Ya no existe un único modelo de trabajador de prensa.
Sin embargo, el problema parece ser mucho más profundo que una diferencia de posiciones.
Desde hace años las empresas periodísticas enfrentan una transformación inédita. La televisión abierta pierde audiencia frente a las plataformas digitales. La radio compite con los podcasts y el consumo bajo demanda. Los diarios impresos reducen circulación mientras intentan reinventarse en internet. La publicidad migra hacia gigantes tecnológicos que no producen información, pero concentran buena parte de los ingresos.
Marshall McLuhan sostenía que «el medio es el mensaje». Tal vez hoy habría agregado que el algoritmo también lo es.
Los reajustes empresariales comenzaron hace tiempo. Primero fueron las radios. Después llegaron TV Ciudad y Canal 5 con distintas reestructuraciones. Ahora el conflicto alcanza a uno de los canales privados más importantes del país. Cuesta pensar que será el último episodio.
Hay una palabra que aparece una y otra vez: reestructuración.
Es un término elegante. Administrativo. Casi neutro.
Pero detrás de cada reestructura hay nombres propios. Hay camarógrafos, editores, productores, asistentes, iluminadores, operadores, periodistas, administrativos. Personas que durante años sostuvieron un producto que el público consume todos los días sin advertir la enorme maquinaria humana que existe detrás de una pantalla.
La economía suele hablar de eficiencia. La contabilidad habla de costos. Pero el periodismo, si quiere seguir siendo periodismo, también debería hablar de comunidad.
Porque cuando un medio pierde trabajadores, no solo modifica una planilla de Excel. También pierde experiencia, memoria institucional y, muchas veces, parte de su identidad.
Umberto Eco advertía que toda sociedad necesita mediadores capaces de ordenar el caos informativo. Esa necesidad permanece intacta. Lo que cambió fue la forma en que esos mediadores trabajan, se financian y sobreviven.
DALTON BENNET

