

Amelia González Castillo había nacido en la península de Azuero, en Panamá, un lugar donde hasta el viento parecía conocer historias antiguas.
Era tierra de carnavales, de polleras bordadas, de tambores que podían despertar a los muertos y de artesanos que sabían hacer con las manos cosas que las máquinas nunca aprendieron a fabricar. Allí, entre el olor del cuero, la sal del mar y el ruido de las fiestas, Amelia había aprendido desde muchacha a fabricar cutarras.
Las cutarras eran unas sandalias humildes y hermosas, hechas con cuero de vaca. Las usaban principalmente los campesinos panameños, porque eran fuertes, frescas y capaces de caminar durante años sobre caminos que no perdonaban los zapatos delicados.
Pero Amelia tenía una particularidad. No hacía simplemente cutarras.
Les ponía alma.
Cortaba el cuero, lo trabajaba, lo doblaba y lo cosía con esa paciencia de las mujeres que han aprendido que ciertas cosas no se pueden apurar. Y mientras trabajaba, seguramente pensaba en su Azuero natal, en los carnavales de Las Tablas, en las noches calientes y en aquella música que parecía salir de debajo de la tierra.
Hasta que un día, como ocurre en los cuentos que después nadie sabe si fueron verdad o mentira, Amelia se fue a México.
No se fue porque tuviera un plan extraordinario. Se fue porque era joven. Y cuando uno es joven, a veces basta con que el mundo diga: “Ven”.
México la recibió con su manera de recibir a los extranjeros: primero le mostró el ruido, después los colores, luego el olor de las comidas y finalmente sus fantasmas.
Amelia terminó viviendo en un lugar por donde solían pasar dos mujeres que parecían pertenecer a una pintura antes que a la vida cotidiana: Tina Modotti y Frida Kahlo.
Las tardes mexicanas tenían entonces una luz especial.
El sol caía lentamente sobre las calles y el empedrado, caliente durante todo el día, comenzaba a devolverle el calor a la noche. Por allí caminaban estudiantes, artistas, revolucionarios, fotógrafos, poetas y gente que no era ninguna de esas cosas pero que, por alguna razón, terminaba tomando tequila con ellos.
Amelia observaba. Y mientras observaba, seguía haciendo sus cosas.
En México fabricaba polleras, máscaras, pequeños objetos de artesanía y hasta tambores, como si se hubiera traído Panamá entero dentro de una valija.
Fue durante un tiempo de carnaval cuando se le ocurrió hacer unas sandalias especiales. No unas cutarras cualquiera. Unas cutarras para Frida.
La idea le apareció una noche. Y durante varios días Amelia no se animó a comenzar.
Porque una cosa era hacerle unas sandalias a una mujer cualquiera y otra muy distinta era hacerle unas sandalias a Frida Kahlo.
Amelia conocía de lejos aquella figura. La mujer de las cejas juntas.
La mujer de los vestidos extraordinarios. La mujer que parecía caminar por México llevando consigo una procesión de colores.
Y pensó que quizá unas humildes sandalias panameñas no estaban a la altura de semejante mujer. Pero después recordó algo. Las manos. Las manos no preguntan quién es uno. Las manos hacen.
Así que Amelia tomó el cuero. Y comenzó.
Mientras afuera la ciudad celebraba el carnaval, los entequilados pasaban por las calles riendo y cantando. Aquello le recordaba a Las Tablas, al carnaval de su tierra, a los tambores de Azuero y a las noches donde la fiesta parecía no tener principio ni final.
Amelia trabajó durante horas. Cuando terminó, miró las sandalias.
Eran sencillas. Hermosas. Tenían la dignidad de las cosas hechas para durar.
Al día siguiente decidió hablarle a Frida. La encontró en una de aquellas tardes en que la ciudad parecía recién pintada.
Frida se detuvo. Miró a la muchacha.
Y cuentan que en Amelia vio algo que le gustaba reconocer en las personas, la juventud todavía intacta, esa especie de luz que no se compra ni se aprende.
Hablaron.
Frida supo que era panameña. Y entonces ocurrió algo que Amelia jamás olvidaría. Frida la invitó a su casa. Aquella noche habría una fiesta. Estarían Diego Rivera, Tina Modotti, algunos artistas, estudiantes, revolucionarios y otros personajes que, con el tiempo, terminarían apareciendo en los libros de historia.
Amelia regresó a su casa y buscó las sandalias. Pensó que no podía presentarse con las manos vacías. Así que las envolvió cuidadosamente. Y fue.
En aquella casa conoció a Germán de Campo, dirigente estudiantil; al cubano Julio Antonio Mella, exiliado en México; charlar con Tina Modotti, que parecía mirar el mundo como si estuviera siempre a punto de fotografiarlo; y al mismísimo Diego Rivera.
Había conversaciones por todas partes. Se hablaba de pintura, de política, de revolución, de Cuba, de México, de arte. Y seguramente alguien discutía. Porque en las casas donde están los artistas, los revolucionarios y los mexicanos, siempre hay alguien discutiendo.
Amelia esperó. Cuando encontró el momento, le entregó el paquete a Frida. La pintora abrió el envoltorio. Y allí estaban. Las cutarras de Azuero.
Frida las tomó entre sus manos. Las miró como se miran las cosas que llegan desde muy lejos y traen consigo un país entero.
Panamá estaba allí.
Estaba el cuero.
Estaban los caminos.
Estaban los campesinos.
Estaban los carnavales de Las Tablas.
Estaba el calor de Azuero.
Y estaba Amelia.
Frida quedó encantada.
Dicen que se las puso esa misma noche. Y dicen también que después ya casi nunca se las quitó. Salvo una vez.
Una tarde, Tina Modotti se las pidió prestadas para ir a la playa.
Frida accedió.
Y aquella escena, si uno quisiera imaginarla, tendría que ser necesariamente hermosa: Tina Modotti caminando hacia el mar con unas humildes sandalias panameñas en los pies, mientras en alguna parte de México el sol comenzaba a bajar.
Nunca se supo exactamente qué fue de aquellas cutarras después.
Las cosas verdaderamente importantes no siempre terminan en un museo. A veces desaparecen en una casa. A veces se pierden.
A veces alguien las guarda durante años sin saber que está guardando un pedazo de historia.
Pero quedaron en la memoria de quienes conocieron aquella historia.
Porque hay objetos que son solamente objetos.
Y hay otros que, cuando pasan por las manos adecuadas, se convierten en una especie de pasaporte.
Aquellas sandalias habían salido de Azuero, el cuero trabajado era de allá. Había atravesado el continente. Y aunque Amelia las hizo en Mexico, el sabor de la cuestión era panameño. Para Amelia saber que el orgullo de su tierra, sus cutarras, sus sandalias habían terminado en los pies de Frida Kahlo. Quizá por eso Frida no quiso quitárselas. Porque algunas cosas no se usan. Se llevan.
Y aquellas sandalias llevaban dentro un pedazo de Panamá, una mujer joven que se animó a cruzar el mundo y una época en la que los artistas, los fotógrafos, los estudiantes y los revolucionarios podían encontrarse una noche cualquiera alrededor de una mesa, mientras afuera México seguía haciendo lo que mejor sabe hacer:
convertir la vida en una historia.
CAMACA

