

En el Asilo «La Jaula Completa», la cordura era un bien escaso, pero el guiso siempre sobraba… o al menos eso decía el presupuesto, porque a los platos del personal apenas llegaba un caldo transparente. La leyenda urbana decía que los cocineros alimentaban a sus familias, vendían viandas por la puerta trasera o sencillamente tenían un apetito voraz. Las quejas de los trabajadores eran diarias, mordaces y llenas de ironía.
Un buen día, la dirección tomó una medida tan disparatada como el propio lugar, un trueque absoluto. Los cocineros pasaron a ser obreros y los obreros tomaron el sartén.
La venganza cocinada a fuego lento no tardó en llegar. Al primer turno de almuerzo, los antiguos cocineros —ahora vestidos con mamelucos de trabajo— se sentaron a exigir finuras jamás vistas. Exigían caviar de remolacha, langostinos al ajillo y soufflés de tres quesos. Se convirtieron en críticos gastronómicos implacables, exigiendo recetas carísimas que ellos mismos nunca habían sabido ni nombrar. Y daban lecciones como se hacía de lo que nunca hicieron. El caos de la cocina se convirtió en un show interno.
EL CAPATÁZ CAMARÓGRAFO
El antiguo jefe de cocina, ahora obrero, desempolvó una vieja cámara y se autonombró cronista del comedor. Seguía a los nuevos cocineros metiéndoles el lente en la cara, narrando en vivo: «¡Observen la falta de higiene! ¡Miren cómo vibra la mano de este aficionado! Sin capacidad, sin técnica… ¡un peligro público!». «Ustd vendría a este lugar con lo mal que está, si hasta los cuchillos están desafilados».
EL DOCTOR DE LAS PAPAS
Un excocinero a quien apodaban el «Doctor» —famoso por haber pasado años en la cocina sin haber logrado pelar una sola papa con éxito— se paraba junto a la mesa de preparación con los brazos cruzados, pontificando sobre el ángulo exacto del corte y la pérdida innecesaria de almidón. Elogiaba a sus compañeros que ayer cocinaban y que hoy estaban de este lado del comedor. «Volveremos, los cocineros unidos jamas serán vencidos».
EL JEFE DE JARDINES
Quien antes se limitaba a podar las begonias y jamás pisó la cocina, ahora pontificaba desde la mesa sobre el maridaje de las especias, la estética del emplatado y el impacto del perejil picado en la presentación visual.
Los nuevos cocineros, sudando frente a las ollas y abrumados por las exigencias exóticas, entendieron tarde que la sartén quema de ambos lados. En «La Jaula Completa», el menú cambió, pero la locura de juzgar al otro con la barriga llena siguió siendo el plato principal.
CAMACA

