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Argentina, entre el desgaste de Milei y los fantasmas del 2001: El peronismo encontró una veta para volver a la disputa política, la defensa de la tierra y la soberanía

 

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Argentina atraviesa días de creciente tensión política y social. El gobierno de Javier Milei, que durante buena parte de su gestión logró imponer su agenda y mantener a raya a sus adversarios, empieza a encontrar obstáculos allí donde menos parecía esperarlos, en el Congreso, en la calle y en algunos temas capaces de despertar fibras profundas de la sociedad argentina.
Durante los primeros tiempos de la administración libertaria, el peronismo pareció condenado a correr detrás de los acontecimientos. Intentó frenar las reformas, cuestionó el programa económico, denunció el costo social del ajuste y buscó capitalizar el malestar, pero Milei consiguió sostenerse políticamente.
Incluso cuando el gobierno atravesó momentos complejos, el Presidente conservó una fortaleza electoral y política que desconcertó a buena parte de sus adversarios. La oposición parecía incapaz de encontrar el punto exacto desde el cual discutirle al libertarismo. Ese escenario comienza a cambiar.
LA TIERRA COMO PUNTO DE QUIEBRE
La discusión por la reforma de la Ley de Tierras puede convertirse en algo más importante que una simple batalla legislativa.
El Gobierno impulsó modificaciones a la normativa que regula la propiedad rural de extranjeros. La legislación vigente establece, entre otras restricciones, un límite del 15% para la tenencia extranjera de tierras rurales. La iniciativa oficial buscó flexibilizar esas condiciones y, después de encontrar resistencia política, el Ejecutivo modificó su propuesta. Y allí apareció una oportunidad para el peronismo.
La cuestión dejó de ser solamente económica o jurídica y pasó a instalarse en un terreno mucho más sensible, la soberanía nacional.
Para un movimiento político que históricamente hizo de la defensa de los recursos nacionales una de sus banderas, el tema ofrece una posibilidad de reconstruir identidad y discurso. La pregunta ya no es solamente cuánto debe intervenir el Estado en la economía, sino quién puede ser propietario de la tierra argentina y qué significa entregar, transferir o flexibilizar el control sobre territorios considerados estratégicos.
En política, encontrar un tema capaz de sintetizar muchas preocupaciones suele ser más importante que ganar una discusión parlamentaria. Y la tierra puede estar comenzando a cumplir esa función.
MILEI DESCUBRE QUE GOBERNAR NO ES LO MISMO QUE GANAR ELECCIONES
El problema para Milei no necesariamente está en haber perdido una batalla puntual. El problema aparece cuando varias batallas comienzan a conectarse.
El Gobierno construyó buena parte de su fortaleza alrededor de una idea sencilla, la vieja política había fracasado y había llegado el momento de hacer algo completamente diferente.
Ese mensaje le permitió enfrentar al peronismo, al sindicalismo, a buena parte de la dirigencia tradicional y a sectores de la oposición sin pagar inicialmente un costo político demasiado elevado.
Pero todo gobierno llega a un momento en que deja de ser solamente una promesa de cambio y empieza a ser evaluado por sus resultados. Y allí las cosas se vuelven más complejas.
Encuestas recientes muestran un deterioro del respaldo a Milei. Una medición difundida esta semana señala que el 57% de los consultados considera que debería producirse un cambio de gobierno, aunque el oficialismo conserva todavía activos políticos importantes.
Otra medición publicada días atrás ubicó la desaprobación de la gestión presidencial en 62,4%.
No significa que Milei esté políticamente terminado. Sería apresurado decirlo. Significa algo diferente y quizá más importante, el blindaje político que lo acompañó durante buena parte de su gobierno comienza a mostrar fisuras.
EL REGRESO DEL PERONISMO
Aquí aparece la gran incógnita. El peronismo todavía tiene problemas propios. No consiguió construir una conducción única ni una alternativa política suficientemente clara y carga con el desgaste de sus propios años de gobierno. Pero la política no siempre se define por quién está mejor. A veces se define por quién logra encontrar primero el lugar desde donde golpear al adversario.
Y el peronismo parece haber encontrado ahora una veta.
La defensa de la tierra, el rechazo a una mayor extranjerización, la protección de los recursos naturales y la idea de soberanía pueden convertirse en un relato mucho más sencillo de comunicar que una discusión sobre déficit fiscal, emisión monetaria o equilibrio de las cuentas públicas. El Gobierno puede explicar los beneficios de atraer inversiones. La oposición puede responder con una pregunta mucho más elemental: ¿Qué pasa si el país comienza a vender aquello que después no puede recuperar? Ahí empieza otra discusión.
EL FANTASMA DEL 2001
En este punto aparece inevitablemente el recuerdo del 2001.
No porque Argentina esté hoy exactamente en la misma situación que durante el gobierno de Fernando de la Rúa y el ministro Domingo Cavallo. No lo está. Aquella crisis terminó en una ruptura institucional y económica extraordinaria, con el colapso del régimen de convertibilidad, el congelamiento de depósitos, una crisis bancaria, una explosión social y la renuncia del Presidente.
Hoy el escenario es diferente. Pero las sociedades también tienen memoria. Y cuando vuelven a aparecer simultáneamente el malestar social, la discusión económica, la pérdida de confianza, las dificultades políticas y una oposición que intenta recuperar la calle, el recuerdo del 2001 vuelve a circular como una advertencia.
No es todavía el 2001. Pero la Argentina vuelve a escuchar algunos de sus ecos.

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