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Entre la rendición de cuentas y el regreso de un liderazgo: Lacalle Pou volvió a la escena política y su mensaje fue muy claro

 

El discurso por los 190 años del Partido Nacional marcó el regreso público de Luis Lacalle Pou después de un prolongado silencio.
Pero más que una evocación partidaria, su intervención pareció una señal política, donde reivindicó su gobierno, habló de errores y aciertos, pidió cuidar la política y dejó entrever que su relación con el poder no terminó el día que entregó la banda presidencial.
Hay discursos que cumplen una función protocolar y hay otros que, aun pronunciados en una celebración partidaria, tienen algo de mensaje hacia adelante. El de Luis Lacalle Pou este domingo, en el acto por los 190 años del Partido Nacional, pertenece claramente a la segunda categoría.
La prensa había anticipado el acontecimiento con una expectativa poco habitual.
NO VOLVIÓ COMO EX PRESIDENTE NO DESAPROVECHÓ LA OPORTUNIDAD
Lacalle Pou podía haber pronunciado un discurso histórico, hablar de los 190 años del partido, recordar a sus caudillos y reivindicar la tradición nacionalista. Lo hizo, pero eligió algo más personal, habló de cómo está, de lo que piensa y de cómo interpreta la política después de haber pasado cinco años en el poder.
No fue exactamente un discurso de candidato. Tampoco fue un discurso de despedida. Fue, en buena medida, un discurso de reposicionamiento.
La frase “les quiero contar cómo vengo” funcionó casi como una declaración de intenciones. El expresidente se presentó ante los suyos como un militante que vuelve a la casa después de haber recorrido el camino más exigente de la política: gobernar.
Y allí apareció uno de los conceptos más interesantes de la noche: “No se puede ejercer bien el poder si antes no se tiene autoridad”.
No parece una frase casual.
En la política uruguaya posterior a la pandemia, la autoridad se ha convertido en uno de los bienes más discutidos. No solamente autoridad institucional, sino capacidad de conducir, convencer, establecer prioridades y tomar decisiones.
Lacalle Pou reivindicó, de alguna manera, esa autoridad como condición previa para gobernar. Una autocrítica cuidadosamente administrada. También hubo una especie de rendición de cuentas.
El expresidente dijo estar “tranquilo, satisfecho, pero no conforme”. La fórmula es políticamente inteligente, reivindica lo realizado sin caer en la tentación de presentar su gobierno como una obra perfecta.
Hay allí una diferencia importante entre defender una gestión y quedar prisionero de ella.
Lacalle Pou defendió su administración, pero introdujo la dimensión humana del error. Habló de aciertos, equivocaciones y decisiones tomadas en circunstancias determinadas.
Esa mirada coincide con otra definición que atraviesa su discurso: la reivindicación de un gobierno “profundamente humanista”.
Pero el concepto más novedoso apareció cuando se definió como alguien “cada vez menos ortodoxo”.
No es una confesión menor para un dirigente que llegó al gobierno asociado a una plataforma liberal, reformista y de fuerte énfasis en la libertad individual.
El Lacalle Pou del domingo pareció decir que la experiencia de gobernar modifica las certezas.
La libertad, en esa nueva formulación, no puede quedar reducida a una cuestión doctrinaria. Tiene que encontrarse con la justicia social, con las necesidades concretas y con la vida cotidiana.
En otras palabras, la ideología sirve para orientar, pero no alcanza para gobernar.
“Si la política es más lenta que la necesidad de la gente…”
Probablemente allí esté el corazón político de todo el discurso.
Lacalle Pou planteó que si la política demora más que las necesidades de la gente, es la política la que debe apurarse.
La frase parece sencilla, pero contiene una definición bastante profunda sobre el vínculo entre sociedad y sistema político.
Porque las sociedades contemporáneas están aceleradas. Los problemas aparecen antes que los gobiernos puedan procesarlos. La inseguridad, el empleo, la vivienda, la salud, la educación, el costo de vida o la infraestructura no esperan los tiempos burocráticos de la política.
El planteo de Lacalle Pou es que el Estado y los dirigentes tienen que adaptar su velocidad a la demanda social y no al revés.
La idea, además, le permite al Partido Nacional recuperar una de sus banderas históricas: la política como instrumento de acción y no solamente como territorio de discusión.
EL MENSAJE HACIA ADENTRO
Pero quizás el destinatario más importante del discurso no haya sido el Frente Amplio. Fue el propio Partido Nacional.
Lacalle Pou llamó a no entrar en “enfrascamientos” y pidió cuidar la política. Allí aparece otra de las claves de su regreso.
El Partido Nacional está obligado en este período a resolver una cuestión bastante más complicada que simplemente hacer oposición a Yamandú Orsi. Tiene que decidir qué quiere ser cuando vuelva a pedirle el gobierno a los uruguayos. Y para eso necesita discutir identidad, liderazgo, renovación, coalición y proyecto.
El expresidente parece advertir que las disputas internas pueden terminar consumiendo al partido.
Su vieja fórmula volvió a aparecer: “firme con las ideas y suave con las personas”. No se trata de una frase improvisada para la ocasión. Lacalle Pou la ha utilizado durante años para defender una determinada manera de ejercer la política, basada en la confrontación de ideas pero evitando la destrucción personal del adversario.
El concepto adquiere ahora otra dimensión.
Después de una campaña electoral que dejó heridas y de un proceso interno en el Partido Nacional donde no faltaron cuestionamientos a la conducción y a la gestión anterior, el mensaje parece ser, discutir sí; destruirse, no.
EL FANTASMA DEL 2029
Por eso sería ingenuo leer el discurso solamente como una celebración de los 190 años del Partido Nacional.
Todavía falta muchísimo para las elecciones de 2029 y Lacalle Pou no anunció candidatura alguna.
Pero en política hay momentos en los que no es necesario anunciar una candidatura para comenzar a ocupar nuevamente un espacio.
A veces alcanza con volver a hablar.
Y, sobre todo, con comprobar qué ocurre cuando se habla.
La reacción dentro del Partido Nacional parece haber sido significativa. La cobertura posterior mostró entusiasmo entre los blancos y volvió a colocar al exmandatario en el centro de la conversación política. Quizás por eso su discurso tuvo algo de despedida y algo de regreso. Despedida del presidente que fue.
Regreso del dirigente que todavía puede ser. El domingo, en la Plaza Matriz, no habló solamente el expresidente. Habló un dirigente que recordó que todavía está en el juego.

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