


De la solidaridad, los actos solidarios, de la necesidad de uno del otro, lo escuchamos todos los días, los vemos, lo practicamos cuando nos vemos ante ella. Recuerdo hace unos años, alguien me preguntó qué era la solidaridad para mi. Mi respuesta de entonces no fue tan extensa pero si tuvo lo básico que desarrollo ahora, porque ha sido, y es, lo que siempre creí, y lo que me enseñó mi país…
NO TIENE MOLDE
La solidaridad no se mide, no se etiqueta ni se condiciona. Es un acto puro, radical y profundamente humano. Uruguay ha sabido reconocerse, una y otra vez, en la mano extendida que no pregunta ni discrimina. Y eso es un espejo en el que siempre nos miramos, un faro que siempre nos alumbró, una guía para caminar, por la vida.
En tiempos de confusión, cuando los discursos se fragmentan y las diferencias parecen imponerse como bandera, conviene detenerse un instante y recordar lo esencial, la solidaridad es solidaridad. No requiere adjetivos, no precisa categorías, no se reviste de ideología ni de uniformes. Es la reacción genuina del ser humano frente al dolor ajeno, la intuición más noble que tenemos como especie.
“COSAS CHICAS PARA EL MUNDO, PERO GRANDES PARA MI”
Y a veces cuando dejamos de lado la mirada país, sorteamos lo departamental y nos metemos de cabeza en el barrio, en la gente conocida. Nos damos cuenta que el acto solidario muchas veces no está en lo material, en aliviarle al necesitado solamente la solución del día, del momento, si sirve, si se lo ofrendamos humildemente sin necesidad que otros se enteren, pero hay algo más, que es tan solidario o más que un pedazo de pan, un abrigo, y es la empatía, el ponerse en lugar del otro, y salir al lado del otro, con el otro. Repito, no solo en lo material, sino estar, escuchar, comprender y persistir con quien precisa una palabra, un gesto, un abrazo o alguien que lo escuche y lo comprenda.
Con esfuerzo podemos curarle el estómago, pero, sólo con amor, solidaridad, empatía, podemos curarle el alma. Es cierto, no es sencillo, y no solo bastan las palabras, para curar a quien pierde el trabajo, se le descontrola una deuda, le aparece una enfermedad o se encuentra ante un abandono o pérdida de un amor, pero es importante estar, apuntalar y como decian nuestros mayores, “una pena compartida es menos pena”.
LA SOLIDARIDAD ES UN GESTO
Volviendo a la solidaridad en general, a la que nuestra gente realiza una y otra vez, aunque muy pocos la ven, podemos decir que también es un acto solidario, y debemos comprenderlo como tal, cuando un bombero arriesga su vida en medio de un incendio, no lo hace en nombre de una institución, sino del deber de ayudar. Cuando un policía sostiene a un herido en la calle, cuando un médico se desvela en un hospital, cuando un vecino comparte lo poco que tiene con alguien que nada tiene, la solidaridad se encarna en gestos que trascienden la condición social o la profesión. No hay “clases” de solidaridad: cada acto es absoluto en su entrega.
LA SOLIDARIDAD NO DIVIDE, UNE
Quien da, da. No interroga, no calcula, no espera la gratitud pública. El verdadero solidario no posa para la fotografía, ni escribe su nombre en la ayuda que brinda. Da porque no puede hacer otra cosa, porque su propia humanidad lo empuja a dar. La solidaridad auténtica no se muestra como beneficencia paternalista ni como estrategia política; se da en el silencio de los gestos, en la humildad de lo cotidiano.
Ese dar sin preguntas configura un territorio común. La solidaridad no admite grietas ni fronteras, es un idioma universal. Por eso, cuando un país atraviesa la adversidad, la suma de gestos individuales se convierte en identidad colectiva. Uruguay lo ha demostrado en incontables ocasiones: desde los vecinos que se organizan tras una inundación hasta los que parten como brigadistas a otros países, otros continentes. Cada acto es parte de una memoria compartida.
UN PAÍS DE MANOS TENDIDAS
Benditos todos aquellos que, desde el anonimato o desde la exposición pública, extienden sus manos para aliviar tormentas y sufrimientos. En cada gesto solidario se juega el país que queremos ser. Ese país no se construye con discursos altisonantes ni con la fría administración de cifras, sino con la calidez de los actos que redimen al otro.
El Uruguay solidario existe porque cada generación lo ha cultivado. Y lo seguirá haciendo, porque la solidaridad es también una forma de esperanza. Cuando decimos “hoy por ti, mañana por mí”, estamos afirmando un pacto invisible que sostiene la convivencia. Ese pacto no depende de las coyunturas políticas, sino de la fibra íntima de la sociedad.
LA SOLIDARIDAD COMO ÉTICA
Ser solidario no es un gesto accesorio, sino una postura ética. Implica reconocer que el otro me importa, que el dolor ajeno me llama, me pide explicaciones. Y en esa explicación que asumo se juega el sentido mismo de la vida en comunidad. Una sociedad sin solidaridad se convierte en una suma de soledades; una sociedad con solidaridad se vuelve una red capaz de resistir los embates del tiempo y de la historia.
Uruguay, con sus virtudes y defectos, ha sabido encontrar en la solidaridad un signo de identidad. No es casual que en la memoria colectiva permanezcan grabadas las imágenes de manos que se unen, de pueblos que se ayudan, de compatriotas que viajan a otros rincones del mundo para brindar apoyo. Esas imágenes hablan de un país que entiende que la solidaridad no se divide ni se administra: simplemente se ejerce.
EN ESE PAÍS QUIERO VIVIR, ESE ES MI PAÍS, NO ME LO CAMBIEN
Salud a este país solidario, salud a los uruguayos solidarios. Que cada gesto siga marcando a fuego la convicción de que no hay otro camino más humano que el de la mano tendida. La historia nos recuerda que las naciones se definen tanto por sus héroes como por sus gestos cotidianos de empatía. Y si hay un rasgo que merece ser elevado a orgullo nacional, es este, la solidaridad que nos une.
Que no se nos olvide nunca que allí donde alguien extiende su mano, se revela lo más luminoso de lo humano. Uruguay se reconoce, se afirma y se proyecta en ese gesto. Y quizá, en medio de tanta incertidumbre, esa sea la mayor certeza, la solidaridad no divide, multiplica.
Y aprendamos todos que en los pequeños gestos, en los pequeños actos solidarios, que nos aparecen en lo cotidiano, estamos reafirmando la esencia de ese país que nos legaron nuestros mayores. Ser solidario ante un hambriento, ante un desamparado, ante alguien que no le encuentra razón a su vida, ante alguien sin trabajo, sin rumbo, sin futuro, darle la mano y las energías para salir juntos es el mejor ejemplo que podemos transmitir a los que nos seguirán, como lo hicieron con nosotros…
Solidarizarte siempre con la solidaridad es un camino, vamos todos juntos, siempre habrá un mañana.
CAMACA
NOTA ORIGINAL FUE PUBLICADA EN DIARIO EL PUEBLO EN SETIEMBRE 2025

