Eran mis ΓΊnicos amigos de un tiempo a esta parte. Nos veΓamos a diario,
pero, eso si, habΓa que reconocer que eran un tanto extraΓ±os.
Lucio, por ejemplo, andaba con planos y croquis de los avances y
repliegues saravistas. Era un buen analista, dicho sea de paso, transmitΓa
sus ideas con claridad y opinaba con un criterio muy acertado. Pero, no sΓ©
si por timidez o por comodidad, lo cierto es que el muy bribΓ³n pretendΓa
que yo le hiciera llegar sus anΓ‘lisis al general Aparicio, βpara torcer el
curso de la guerraβ, me argumentaba-. De todas maneras era una cosa que
jamΓ‘s podrΓa hacer, ya que no lo conocΓa. La ΓΊnica vez que lo vi fue en un
libro de historia, con eso les digo todo.
Claudio, por su parte, estaba convencido en hallar el tesoro del
βGatonegroβ, cincuenta barras de oro enterradas en un lugar cercano a la
ciudad de Puntas del Sauce Verde: βTengo las claves y las coordenadas, es
cuestiΓ³n de tiempo, tΓΊ me acompaΓ±arΓ‘sβ, me decΓa en un tono que no
admitΓa replica.
Eso sΓ, se veΓa que no era un tipo egoΓsta pues a toda costa querΓa repartir el
botΓn conmigo.
Teddy soΓ±aba con un amor imposible. HabΓan sido compaΓ±eros de clase en
sexto de la escuela, veinte aΓ±os atrΓ‘s, y desde entonces no habΓa vuelto a
verla, pero, recordaba como el primer dΓa cuando ella le dijo: βsi alguna vez
me caso, serΓ‘ contigoβ.
Esa maΓ±ana, Β‘aahh!, me olvidaba de ToΓ±ito, el poeta, andaba medio
bajoneado, habΓa perdido su musa y tenΓa detenida la producciΓ³n literaria
desde un tiempo largo: βYa aparecerΓ‘, tranquilizateβ, le consolaba. Para
colmo, las musas no son cosas de todos los dΓas, y lo peor es que no sΓ©
dΓ³nde se consiguen, porque, por ahΓ, uno le puede dar una mano,
comprando, alquilando o consiguiΓ©ndola prestada.
En Estados Unidos la fabrican en serie y pronto se transforman en best
seller, pero aquΓ, no sΓ©, a lo mejor hablando con algΓΊn bagayero consigo
algoβ¦
Esa maΓ±ana el primero en llegar fue Teddy y antes de que me dijera nada le
preguntΓ© quΓ© le pasaba.
– Β‘ Lo mΓ‘s lindo! -exclamΓ³- ella me dio un billete explicΓ‘ndome como
llegar a su corazΓ³n , ΒΏte das cuenta?, ahoraβ¦Β‘la pucha!, me olvidΓ© dΓ³nde lo
puse..
– No importa, lo cierto es que ahora hay un camino por donde llegar, y eso
es un avance, ya encontrarΓ‘s el billete.
– Β‘Nadie se mueva!.- La voz de Claudio retumbΓ³ en la sala a nuestras
espaldas. Y fue tal el susto que nos pegΓ³ que Teddy saltΓ³ hacia mΓ y yo lo
tuve alzado por un rato. A los dos nos castaΓ±eaban los dientes.Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β Β – Escuchen esto. Dejen de abrazaderas y vengan acΓ‘. ΒΏSaben dΓ³nde estΓ‘ el
tesoro?, ΒΏno?, pero, yo si.- MirΓ³ en derredor y cuando se asegurΓ³ que nadie
mΓ‘s oΓa dijo entre dientes, βen el Balneario La Concordiaβ.
El llanto de ToΓ±ito nos distrajo. Lucio venΓa a su lado tratando de
consolarlo.
– Les digo que si Γ©ste no encuentra la musa pronto, Β‘nos va a enloquecer a
todos!.- GritΓ³ Lucio.
– Yo ya la busquΓ© por todos lados y no hay de nada, se excusΓ³ Claudio.
– Necesito tranquilidad para terminar este anΓ‘lisis e enviΓ‘rselo a Saravia
antes de que llegue a Massoller.- SuplicΓ³ Lucio.
– Β‘En el cuaderno de GeometrΓa!.- ExclamΓ³ Teddy y saliΓ³ corriendo.
RegresΓ³ a los gritos, sin mirar. TropezΓ³ con los pies de ToΓ±ito, en su
enviΓ³n arrasΓ³ y rompiΓ³ los planos de Lucio, para chocar con el pensativo
Claudio que calculaba a cuΓ‘ntos pasos estaba el tesoro de las sombrillas.
Ofuscados, todos le dieron para las masas a Teddy. A mi me dio una
bronca bΓ‘rbara y me metΓ en la troya dando y recibiendo al barrer. Era una
cosa de locos.
De repente, se abrieron las puertas y entraron como diez monos de tΓΊnicas
blancas, verdaderos patovicas, nos redujeron sin piedad. Nos metieron en
camisas de fuerza y el jefe del operativo sentenciΓ³: βMe los separan a
todos, cada uno en un pabellΓ³n, le dan un sedante con leche y al que se
niegue, una inyecciΓ³nβ¦β.
AhΓ la quedamos. Ni fuimos felices ni comimos perdices.
– CAMACA –

