InicioActualidadLa Mujer invisible

La Mujer invisible

 

 

Clorinda Rivanok era una de las docentes de química del liceo de Puntas del Sauce Verde. Sus sueños giraron siempre en torno a encontrar la fórmula para hacerse invisible. Buscó la fórmula ideal con febril pasión, asi como muchos uruguayos en los días de noviembre de cada cinco años….

Pasó noches enteras sin dormir, realizando complicadas combinaciones químicas, que anotaba en su agenda telefónica. Sufrió de varias boqueras, retorcijones de barriga, aligeramiento de vientre y de vejiga, y la fórmula no aparecía.

Llenó varias agendas en los últimos tiempos hasta que al fin, en una noche, la más feliz de su vida, encontró la manera de hacerse invisible (y no es porque siguiera la dieta de Gabriel Oddone), ni que adelgazara más rápido que algunos en las encuestas, al fin cumplió su sueño…

Anduvo varios días de forma invisible, y pronto comprobó que lo que tanto había anhelado, lo que tanto había buscado, sacrificando horas, dinero, familia, parte de su vida, le privaba de muchas cosas del humano vivir.

Hablar que era uno de sus hobbis favoritos, no lo podía hacer. Tampoco podía hacer mandados, asear la casa, estar con su marido, sus hijos, no podía y no podía, ellos no la veían, y ella, no les podía hablar, por temor a que se enloquecieran.

No era fácil la vida de Clorinda hasta que decidió chusmear de lo lindo. Pronto se dio cuenta que en el barrio pasaban más cosas de las que se hubiera imaginado jamás. Engaños amorosos por docenas, enredos de comadres otro tanto. Si hasta el robusto señor Timocek, fisiculturista reconocido y admirado, tenía un romance clandestino, pero, la sorpresa mayor fue al ver el auto de su amiga Berta, a Timocek abrazado y a los besos dentro del auto con…el marido de Berta…

Se sentía una Giges con faldas, sin anillos pero con una pulsera química que le daba esa invisibilidad tan querida.

Una mañana muy temprano entró a la casa, zumbó como mosquito hasta hacer despertar a su hijo mayor, que luego, como era su costumbre, (viejos celos nacidos en la más tierna infancia con el menor), lo despertó de un almohadazo. El hermano sobresaltado se vistió como pudo y se fue a la cocina.

La madre invisible vio como sus dos hijos dejaban desordenado el cuarto, y luego la cocina, después de prepararse el desayuno y jugar una guerra de pan y volcar leche en la mesa y en el piso.

El marido que siempre alardeaba de madrugar, que se iba a trabajar enseguida que se iba ella para el laboratorio, dormía a pata suelta hasta las diez de la mañana.

Ese día se levantó, se bañó, se perfumó con un aroma especial (que ella nunca le había sentido) y se paró en la puerta de calle. Habían pasado unos diez minutos cuando se detuvo una morocha escultural que le hizo señas y el tipo se mandó dentro del auto. Ella los siguió y por lo que conversaban se dio cuenta que eran amantes desde mucho tiempo.

Como si estuviera viendo una película hot, porno o “franja verde” como la calificaban en su tiempo, sentada en una esquina del cuarto, vio hacer a su marido todos los escarceos amorosos previo al climax. Cuando su marido y la morocha estaban por consumar el acto, les pegó el grito….

– ¡Te falta algo!

sobresaltados los amantes se levantaron de la cama…

– Usá protección Dorival, te podés pescar una enfermedad y luego contagiarme a mi….- Le gritó al marido. Éste y la morocha, asustados, salieron corriendo del cuarto, tal cual Dios los trajo al mundo, perdiéndose calle abajo….

La mujer invisible, rascándose la cabeza, dijo apenas:

– Este Dorival, con tal de no usar preservativos, es capaz de cualquier cosas….

 

CAMACA

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisment -
Hecho en el Sur

Most Popular

Recent Comments