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El mito de la cota 38: Ingeniería, hidrología y el desmantelamiento de la leyenda negra sobre Salto Grande

 

Que la Represa de Salto Grande acumula agua que transforma en energía, que sirve a dos países es harto sabido, lo que poco se sabe, por lo menos con certeza, son algunos de sus mitos.
Frente a los fantasmas del desborde y el secretismo oficial, la fría matemática de los vertederos y la física de grandes caudales revelan una verdad incontrastable, el complejo hidroeléctrico no es una muralla pasiva al borde del colapso, sino un escudo regulador hiperdimensionado. Aunque el miedo a que «reviente» la represa es mayúsculo.
ESE TEMOR POR LA COTA 38
En las geografías ribereñas que flanquean el curso del río Uruguay, las catástrofes hídricas no solo se miden en centímetros de agua sobre el muelle o en familias evacuadas; también se miden en leyendas. Entre los pliegues de la memoria colectiva de Salto y Concordia sobrevive con terca insistencia un mito subterráneo, un relato off the record que se susurra en los boliches portuarios y en las mesas de café, la supuesta existencia de una «cota 38» crítica, un límite secreto donde la represa de Salto Grande se desbordaría por completo, colapsando su estructura bajo el peso de su propia mole líquida.
Este imaginario de catástrofe inminente no surge del vacío. Nace de la desconfianza histórica hacia los grandes megaproyectos estatales, del hermetismo técnico con el que a veces se comunica la gestión de la cuenca y del impacto visceral de las crecidas históricas. Sin embargo, cuando se descorre el velo del misterio popular para examinar los planos de ingeniería, las dinámicas operativas y la fría matemática de la hidrología, el mito de la cota 38 se evapora. La realidad estructural de Salto Grande es exactamente la opuesta a la que predice la leyenda: es una obra de ingeniería diseñada con márgenes de seguridad colosales, pensada no para contener ciegamente el agua, sino para administrarla con precisión milimétrica.
Y por si fuera poco, en la cruenta guerra por Las Malvinas, trascendió tiempo despues, que uno de los objetivos de los ingleses si la guerra se prolongaba era la de bombardear la Represa de Salto Grande…
LA FALACIA DEL DIQUE CIEGO Y EL PRINCIPIO DEL VERTEDERO
El error conceptual más frecuente que alimenta la teoría del colapso radica en pensar a Salto Grande como una represa de contención pasiva; es decir, la clásica imagen de un muro gigante que acumula agua hasta que esta, implacable, supera su coronamiento.
La realidad operativa de la Comisión Técnica Mixta (CTM) desmiente este enfoque. En condiciones normales, el embalse opera establemente en torno a la cota 34,50 o 35,00 metros sobre el nivel del mar. Cuando los pluviómetros en el norte de la cuenca —en tierras brasileñas y misioneras— anticipan temporales descomunales, el protocolo de la represa no es esperar el impacto, sino accionar un vaciado preventivo. Días antes de que la masa hídrica golpee los cimientos del complejo, los técnicos bajan artificialmente el nivel del lago para ganar un «pulmón» de amortiguación.
Lejos de ser un muro que se desborda por arriba, Salto Grande funciona como una gigantesca válvula de regulación activa. El agua que excede la capacidad de generación de las turbinas —las cuales procesan entre 4.000 y 4.500 metros cúbicos por segundo en plena carga— encuentra su vía de escape en el imponente vertedero central: una estructura de 361 metros de largo equipada con compuertas radiales capaces de liberar caudales colosales antes de que el embalse sufra la más mínima presión descontrolada.
LA ARITMÉTICA DEL COLOSO, NUMEROS QUE DESARMAN MITOS

Para dimensionar la solidez estructural del complejo, basta con contrastar las estimaciones del miedo popular con la contundencia de las cifras de diseño.
El río Uruguay registra en su curso normal a la altura de Salto un caudal medio histórico de aproximadamente 4.700 metros cúbicos por segundo. En las peores catástrofes naturales de la memoria moderna —como la histórica crecida de 1992—, el pico máximo de caudal bruto rozó los 37.700 metros cúbicos por segundo.
¿Cuál es la respuesta de la ingeniería frente a semejantes monstruosidades climáticas?
El vertedero central de Salto Grande posee una capacidad máxima de evacuación pura superior a los 58.000 metros cúbicos por segundo. Si a esa cifra se le suma el caudal turbinado para generar energía, la estructura total del complejo está hiperdimensionada para evacuar un caudal de hasta 64.000 metros cúbicos por segundo.
La peor crecida registrada en la historia de la cuenca representa poco más de la mitad del volumen máximo que la represa es capaz de tragar y expulsar sin poner en riesgo su integridad física. Las inundaciones que sufren cíclicamente las costas urbanas no ocurren porque la represa «falle» o se desborde, sino porque el lecho natural del río es incapaz de evacuar de manera fluida semejantes volúmenes de agua que la naturaleza vierte incesantemente desde el norte, obligando a abrir los aliviaderos para proteger el equilibrio de la obra.
INFORMAR CON RIGOR CONTRA LA PENUMBRA DEL MIEDO
El temor a lo desconocido es el combustible más potente de los mitos urbanos. Durante las crisis hídricas, la aridez de los reportes técnicos y la legítima angustia de los ribereños suelen abrirle la puerta a relatos distorsionados donde se mezclan las líneas de expropiación y servidumbre de tierras (que históricamente rozaron cotas de resguardo preventivo) con catástrofes estructurales inexistentes.
Desactivar la leyenda negra de la cota 38 no es un ejercicio de defensa corporativa de un organismo binacional, sino un acto de higiene informativa.
Comprender que Salto Grande es una obra sobredimensionada, guiada por la ciencia hidrológica y dotada de un poder de evacuación muy por encima de cualquier capricho de la meteorología sudamericana, nos devuelve una certeza indispensable: frente a las crecidas del río, la región no está a merced de un colapso oculto, sino resguardada por una de las estructuras de ingeniería más seguras del continente.
El objetivo de estos apuntes es el de llevar tranquilidad a los pobladores de la región, aunque sin dejar de reconocer que las habituales crecientes que se dan año a año, sin ser de gran magnitud, provocan desastres y dolores en muchas familias riverenses de los dos lados del río. Y ese drama que afecta a tantas personas no debe de ser minimizado, es parte de este entorno de la represa que une a dos países, que alumbra, relumbra, pero que también tiene sus penumbras…
ARÓN VIERA

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