

A comienzos de febrero de aquel año, 1858, Paso de Quinteros era una brasa ardiente. El sol caía a plomo sobre la tierra reseca. Había pájaros sin sosiego, chicharras clamando por lluvias reparadoras y gorriones que, en vano, repetían sobre la arena un ritual que parecía destinado a no encontrar respuesta.
Pero aquella tarde el silencio tenía otra cosa.
Algo pesado.
Algo que no venía del calor.
La voz del jerarca militar tronó, seca y precisa, con una orden que estremeció al subalterno.
—¿Está seguro, mi comandante? Mire que es de los que peleó en los tiempos de Don José. Es uno de los de la Cruzada Libertadora, de los que hacen llamar “los Treinta y Tres”…
El superior no levantó la voz.
—La orden viene de arriba y hay que cumplirla.
El soldado permaneció unos segundos inmóvil.
—Pero el Ejército no puede fusilar a un héroe de la Patria…
Entonces el comandante lo miró.
—Usted se calla y cumpla la orden. Si los de allá dicen que hay que hacerlo, hay que hacerlo.
—Como ordene, mi comandante.
El soldado comenzó a retirarse. Dio unos pasos. Pero algo lo hizo detenerse.
Volvió frente a su superior.
—Disculpe, mi comandante…
—¿Qué quiere ahora?
El hombre tragó saliva.
—¿Al general también hay que fusilarlo?
Hubo un silencio breve.
—También.
La palabra cayó sobre Paso de Quinteros con el peso de una sentencia.
Y aquel soldado comprendió entonces que no se trataba solamente de ejecutar prisioneros. Lo que estaba a punto de ocurrir era algo mucho más difícil de aceptar: el Ejército iba a levantar sus armas contra hombres que habían hecho la historia del país antes de que muchos de quienes ahora impartían órdenes hubieran siquiera nacido.
Entre ellos estaba Manuel Florentino Freire.
Había nacido en Las Piedras el 13 de marzo de 1792, hijo de españoles. Cuando todavía era joven había abrazado la causa artiguista y, desde 1814, había peleado bajo las órdenes de José Artigas. Había conocido la guerra cuando la palabra patria todavía estaba aprendiendo a pronunciarse en estas tierras.
Después vendría la Cruzada.
El desembarco del 19 de abril de 1825.
La campaña libertadora.
Las batallas.
La victoria de Ituzaingó.
Y aquel grupo de hombres que la historia terminaría convirtiendo en leyenda, los Treinta y Tres Orientales.
Freire era uno de ellos.
Había pasado por la revolución, por la guerra y por las interminables disputas de una República que parecía no encontrar descanso. Había combatido durante la Guerra Grande y había ocupado distintos puestos de responsabilidad militar.
Había sido soldado de Artigas, ese era su íntimo orgullo, como también desembarcar junto a Juan Antonio.
Había combatido por la independencia.
Y ahora estaba prisionero.
En 1858, el Uruguay volvía a estremecerse.
Una revolución de sectores colorados, encabezada militarmente por César Díaz y con la simpatía de Venancio Flores, se levantó contra el gobierno constitucional de Gabriel Antonio Pereira.
La insurrección fracasó.
Los revolucionarios fueron derrotados.
Y entonces comenzó el último capítulo.
Los jefes fueron capturados.
Entre ellos estaba Manuel Florentino Freire.
El hombre que había combatido por la patria cuando la patria todavía estaba naciendo.
El hombre que había desembarcado en 1825 junto a los Treinta y Tres.
El hombre que había llevado uniforme durante buena parte de su vida. Ahora esperaba su destino.
Quizá en aquellas horas finales volvieron a su memoria los campos de batalla, los nombres de los compañeros muertos, el desembarco, las caballadas, el ruido de los sables, las órdenes gritadas entre el humo y la pólvora.
Quizá recordó a Artigas.
Quizá recordó Las cabalgatas y batalla con el Jefe Grande, «El General». Quizá simplemente miró alrededor y comprendió la paradoja. La República que había ayudado a construir estaba a punto de matarlo.
El 2 de febrero de 1858, en Paso Quinteros, Manuel Florentino Freire fue fusilado junto a César Díaz y otros jefes revolucionarios.
La historia conocería aquellos hechos como los Fusilamientos de Quinteros. Pero antes de convertirse en una página de los libros, aquello fue una escena.
Un hombre frente a otros hombres.
Una orden.
Un pelotón.
Y la insoportable pregunta que quizá quedó flotando en el aire caliente de aquel febrero…
¿Qué hace un país cuando ordena matar a uno de los hombres que ayudaron a fundarlo?
El humo de los fusiles se llevó los últimos minutos de Manuel Florentino Freire.
Pero no pudo llevarse su historia.
CAMACA

