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Taller de la Buena Memoria expone hoy en Salto…: Pedro Peralta: “La libertad es el único camino innegociable en el arte”

 

A 40 años de la creación del Taller de la Buena Memoria, Pedro Peralta Duarte repasa aquella “quijotada” nacida en la salida de la dictadura, las dificultades para conseguir herramientas gráficas, la huella de Lacy Duarte y una experiencia de enseñanza basada en la libertad. La muestra aniversario se inaugura este viernes 25 de setiembre en el Museo Gallino de Salto, ciudad que el artista reivindica como una de las grandes usinas culturales del Uruguay.

LA NECESARIA Y SEDIENTA OBSTINACIÓN

Hay proyectos que nacen de una necesidad y otros que nacen de una obstinación. Y hay algunos que necesitan de las dos cosas. Hace 40 años, en 1986, Pedro Peralta Duarte, Lacy Duarte y Edgardo “Piki” Flores decidieron crear el Taller de la Buena Memoria. Uruguay salía de la dictadura, el campo cultural comenzaba nuevamente a respirar y aquel grupo de artistas jóvenes, bajo el ala de la Maestra Lacy, ave de amoroso vuelo creativo, entendía que había que construir espacios donde el arte no fuera patrimonio de unos pocos.

SUMANDO DÉCADAS, SUMANDO CREATIVIDAD, Y ARTE

Este viernes 25 de setiembre, cuatro décadas después, el Taller celebra su aniversario con una muestra en el Museo Gallino de Salto. Para Peralta, aquella iniciativa fue una verdadera “quijotada”, pero también una manera de intervenir en un momento particularmente fermental de la cultura uruguaya.

“Éramos muy jóvenes y queríamos que existieran posibilidades para todos. Trabajamos muchísimo, experimentamos muchísimo”, recuerda. La dificultad no era solamente artística, Uruguay carecía de buena parte de las herramientas necesarias para desarrollar las técnicas gráficas. Conseguir materiales, herramientas y especialmente una prensa significaba una inversión enorme.

PERO LO HICIERON…

.“Fue un esfuerzo bestial y una gran quijotada”, resume Peralta, quien destaca que cuatro décadas después el Taller se convirtió en el atelier de gráfica más antiguo del país. Por allí pasaron generaciones de artistas, entre ellos ganadores del Salón Nacional y figuras que posteriormente ocuparían lugares relevantes dentro del arte uruguayo, y muchos de ellos, hoy se destacan.

Detrás de aquella experiencia estaba también la formación recibida de Lacy Duarte, una artista a la que Peralta define como decisiva. “No hubiera sido posible si no hubiéramos sido formados también por Lacy”, sostiene, recordando su trayectoria desde los años cincuenta, su lucha por el arte y, particularmente, por los derechos de las mujeres. «Indudablemente Lacy Duarte nos marcó a todos porque es, fue y será la batería de nuestra libertad del arte, de nuestra convicción absoluta de que lo que importa del arte. Es encontrarse con uno mismo, hablar de tus propias tripas y eso es magia. Pocas artistas en el mundo, y digo en el mundo, con total convicción, han logrado el nivel mágico que logró Lacy Duarte, porque ella convenció al mundo que una muñeca mal cortada era arte. Eso si lo pensás es muy fuerte».

UNA GENEALOGÍA QUE VUELVE A SALTO

La decisión de que la muestra de los 40 años se realizara en Salto tampoco es casual. Para Peralta, regresar con el Taller a esta ciudad supone volver a una genealogía cultural que muchas veces permanece escondida debajo de la memoria oficial.

El artista se reconoce como parte de una especie de tradición transmitida entre generaciones. Habla de Aldo Peralta y Lacy Duarte, pero también de José Cziffery, Enrique Amorim, los Catalogne, Pocha Aztiazarán, Waldemar Carballo y Pelayo Díaz.

“Uruguay no es consciente, de verdad, del peso que tuvieron en la cultura de este país y del peso que deberían tener en la historia de este país”, afirma.

Y en esa memoria aparecen también nombres que pertenecen a una dimensión más íntima de Salto, Cacho Aztiazarán, Marosa Di Giorgio y otros protagonistas de una cultura que, según Peralta, ha tenido un peso extraordinario pero no siempre ha recibido el reconocimiento correspondiente.

Por eso la exposición en el Museo Gallino tiene algo más que un carácter celebratorio. Es también una manera de volver a poner en circulación una memoria cultural. Una memoria que, en el caso de Peralta, no llega solamente por los libros de historia, sino por la transmisión familiar, por los relatos y por aquello que él llama una historia “casi como pasada por los historiadores indígenas”, de manera oral, de generación en generación.

EL ARTE SIN RECETA

Quizás uno de los rasgos más particulares del Taller de la Buena Memoria haya sido su negativa a establecer una estética única.

“La propuesta siempre fue más ideológica que estética”, explica Peralta. La razón, dice, es sencilla y al mismo tiempo profunda: “La libertad es el único camino innegociable en el arte”.

Por el Taller pasaron artistas conceptuales, constructivos, abstractos, figurativos y de diferentes tendencias. La diversidad, lejos de ser un problema, terminó convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad.

Y allí aparece otra de las ideas centrales de Peralta, la enseñanza artística no funciona en una sola dirección.

“Por supuesto que la tarea docente es de doble dirección”, sostiene. Cuando se trabaja con artistas formados y con quienes recién comienzan, también el docente aprende de aquello que aparece en el proceso.

En esa relación, Peralta concede a los jóvenes un papel fundamental: “Son generadores de teoría”. Primero aparecen los artistas, sus búsquedas y sus prácticas; después llegan quienes escriben, interpretan y construyen discursos alrededor de esas experiencias.

Es una inversión interesante de los papeles tradicionales, la teoría no siempre precede al arte. Muchas veces el artista abre el camino y la reflexión llega después para intentar comprenderlo.

VIVIR EL ARTE

Para Peralta, el Taller de la Buena Memoria tampoco puede entenderse solamente como un lugar donde se aprende una técnica.

“Nosotros creemos que el arte no se puede enseñar”, afirma. Lo que sí puede enseñarse son determinadas herramientas para que cada artista pueda llegar a aquello que quiere expresar.

Pero hay algo más importante, la conversación, la convivencia, la tertulia.

“Una de las cosas fundamentales del taller es la tertulia, el hablar, convivir el arte, hacerlo colectivo”, explica.

En esa convivencia ocurre algo que, para Peralta, resulta esencial, se comienza a vivir el arte sin la necesidad permanente de decirse a uno mismo “soy artista”.

El arte termina incorporándose a la vida cotidiana casi como la respiración.

“De la misma manera que no pensamos ‘estoy respirando’, estamos haciendo arte”, sostiene.

Y allí aparece quizá la dimensión más humana de toda su concepción. Para Peralta, el arte también es una forma de cuidado personal. “El arte es absolutamente sanador”, afirma. Una frase que no necesita demasiada teoría para ser comprendida.

Cuarenta años después, el Taller de la Buena Memoria parece sostener justamente esa paradoja, enseñar sin imponer, formar sin uniformar, transmitir una tradición sin convertirla en dogma.

Este viernes, en el Museo Gallino, la memoria dejará de ser solamente recuerdo para convertirse nuevamente en presente. Porque una buena memoria, en el arte, no es aquella que conserva intacto el pasado, sino la que consigue que algo de ese pasado siga creando.

CAMACA

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