

Los invernáculos pueden volver a levantarse y las plantas crecer otra vez, pero hay daños que no se reparan únicamente con materiales o créditos. El taller «Sembrar Esperanza», realizado en Salto para productores hortícolas afectados por el temporal, recordó que la recuperación comienza cuando alguien pregunta, sencillamente: «¿Cómo estás?».
Hay una imagen que resume silenciosamente lo ocurrido después del temporal del 18 de julio. Un productor observa el esqueleto de un invernáculo derrumbado. Calcula pérdidas, piensa en las deudas, en los cultivos perdidos y en el trabajo de meses que desapareció en apenas unas horas. Sin embargo, pocas veces alguien se detiene a preguntarle qué sucede puertas adentro, allí donde las cifras dejan de ser números para convertirse en angustia.
El taller «Sembrar Esperanza. Cuidarnos para volver a empezar», impulsado por la Dirección Departamental de Salud de Salto a través del Plan Departamental de Salud Mental, nació precisamente para llenar ese vacío.
La iniciativa, desarrollada junto al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, representa una forma distinta de entender la reconstrucción. Porque cuando un desastre golpea una comunidad rural, no solamente caen estructuras de nylon y hierro. También se resquebrajan proyectos familiares, certezas construidas durante años y esa sensación de seguridad que sostiene la vida cotidiana.
Durante décadas, el productor rural aprendió a convivir con la incertidumbre del clima. Una helada, una sequía o una granizada forman parte del oficio. Pero los fenómenos extremos que se vuelven cada vez más frecuentes dejan heridas que no siempre se perciben a simple vista.
En el encuentro coordinado por el director departamental de Salud, Dr. Luis Rodríguez, junto a la LIC. Valeria Peyró, el sociólogo Sebastián Guimaraens y la trabajadora social Silvina Baratta, los protagonistas pudieron hacer algo poco habitual: detenerse.
Hablar.
Escuchar.
Nombrar aquello que muchas veces permanece guardado.
Las palabras que aparecieron fueron contundentes: preocupación, incertidumbre, ansiedad, frustración, impotencia, miedo. Algunos confesaron sentirse «desarmados». No por falta de voluntad para seguir adelante, sino porque hay golpes que dejan sin respuestas incluso a quienes están acostumbrados a enfrentar las dificultades.
Sin embargo, el encuentro también dejó ver el otro rostro del campo uruguayo.
Cuando los participantes fueron invitados a identificar aquello que todavía los sostenía, surgieron respuestas que hablan de una cultura profundamente arraigada en la solidaridad: la familia, los vecinos, la comunidad, la fe y la esperanza.
Quizá allí resida una de las mayores riquezas del interior profundo. Antes que los grandes discursos, aparecen las manos tendidas. El vecino que ayuda a levantar un invernáculo. El familiar que escucha. El compañero que comparte una herramienta. Son gestos sencillos que, muchas veces, terminan siendo el verdadero motor de la recuperación.
La psicología suele hablar de resiliencia, esa capacidad humana para reconstruirse después de la adversidad. En el campo, esa palabra tiene un significado muy concreto. Es volver a sembrar aun cuando la cosecha anterior se perdió. Es aceptar que el clima puede volver a golpear, pero decidir igualmente apostar al futuro.
El taller dejó además un mensaje que merece permanecer mucho después de que pasen las noticias del temporal: cuidar la salud mental no es un lujo ni una moda urbana. Es una necesidad. Pedir ayuda, conversar, descansar, evitar el aislamiento o postergar decisiones importantes cuando la angustia domina no son signos de fragilidad. Son formas inteligentes de protegerse.
La participación de instituciones públicas, organizaciones rurales, técnicos, comunicadores y productores mostró que la reconstrucción no puede descansar únicamente sobre los hombros de quienes perdieron todo. La recuperación es una tarea colectiva, porque una comunidad también se mide por la manera en que acompaña a quienes atraviesan sus momentos más difíciles.
Al finalizar la jornada, cada productor eligió un pequeño compromiso: acompañar a otro, compartir lo aprendido, cuidar su propia salud o mantener viva la esperanza.
Puede parecer un gesto menor.
Pero toda cosecha comienza con una semilla.
Y quizá la mayor enseñanza de este encuentro sea justamente esa: después de un temporal, la primera reconstrucción no ocurre en los campos. Comienza en las personas. Porque cuando una comunidad aprende a cuidar a quienes la alimentan cada día, está sembrando algo mucho más profundo que una nueva producción. Está sembrando futuro.
Creo que este episodio deja una reflexión que trasciende la coyuntura. Iniciativas como «Sembrar Esperanza» recuerdan que el capital más valioso de una comunidad sigue siendo el humano. El campo puede volver a producir; las personas también pueden volver a levantarse, pero ambas recuperaciones necesitan tiempo, acompañamiento y esperanza. Esa, quizás, fue la cosecha más importante del taller.

