

El del espejo, el rezongón,
el que no se mira,
el que no se habla,
el que quiere componerlo todo,
el que interrumpe.
Es mucha gente en mi cabeza
y en mi lengua.
Ya mis ojos no dan abasto
para vigilar tanta sombra,
tanto pensamiento cruzando la noche
como perros sin dueño.
Hay uno que se sienta en silencio
a mirar cómo los otros discuten.
Otro que junta recuerdos rotos
como quien recoge botellas vacías
después de la tormenta.
Está el que se ríe cuando no debe,
el que llora tarde,
el que siempre llega después
de las palabras correctas.
También vive el cobarde,
ese que baja la vista
cuando la vida le pregunta algo serio.
Y el valiente,
que aparece apenas unos segundos,
como un fósforo encendido en el viento.
Hay un yo cansado
de sostener puertas abiertas
para gente que jamás pensó quedarse.
Y otro, testarudo,
que todavía cree
que el amor puede arreglar las goteras del mundo.
A veces hacen ruido.
Se empujan.
Se contradicen.
Uno quiere irse lejos,
otro regresar a una infancia
que ya ni existe.
Y mientras tanto
yo camino con todos adentro,
como un ómnibus viejo
lleno de pasajeros hablando solos.
No sé cuál de ellos soy realmente.
Tal vez ninguno.
Tal vez todos.
Porque el alma también es una pensión barata
donde duermen, mezclados,
los sueños, los arrepentimientos
y las voces que nunca aprendimos a callar.
CAMACA

