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Rock en Salto: La siesta no es del público, es de la escena

 

Hay algo que se puede observar a simple vista, el rock en Salto no está muriendo, pero tampoco está vivo. Está en pausa. En una siesta larga, incómoda, de esas que cuando uno se despierta no sabe bien en qué hora del día está.
Y lo más duro no es la falta de talento. Eso sobra.
Lo que falta —y empieza a doler— es otra cosa, escena.
TRES QUE HABLAN CLARO
Las voces de Joaquín Derrégibus de Souza, Mayra Canepa y Manuel Llobet no hacen más que confirmar lo que muchos ven pero pocos dicen en voz alta, el problema no es uno solo, es un círculo que se retroalimenta.
Porque sí, el público no acompaña.
Pero tampoco los músicos se acompañan entre ellos.
Y cuando aparece una propuesta, el discurso de “acá no hay nada” se cae a pedazos frente a la primera entrada que no se compra.
Hay algo de falsedad cultural en todo esto. Se reclama diversidad, pero se consume comodidad. Se pide movimiento, pero se elige la inercia. Y mientras tanto, el rock queda en el margen, como si fuera una opción secundaria, casi decorativa.
Pero hay otra verdad más incómoda todavía: al rock también lo acostumbraron a valer menos.
Tocar gratis. Cobrar con promesas. Competir por “visibilidad”. Aceptar condiciones que otros géneros ni considerarían. Y eso no es solo culpa de quienes organizan, también es responsabilidad de quienes aceptan.
Porque cuando el arte no se valora, deja de ser trabajo y pasa a ser favor. Y así es difícil construir algo sólido.
Mientras tanto, otros géneros llenan espacios, convocan multitudes, tienen respaldo. No porque sean mejores o peores, sino porque tienen algo que el rock perdió, estructura, hábito, comunidad.
En Salto, el rock todavía depende del esfuerzo individual, del empuje de algunos privados, de la autogestión a pulmón. Y eso, aunque noble, no alcanza si no hay una red que lo sostenga.
Acá nadie es inocente.
Ni el que no va.
Ni el que no invita.
Ni el que no apoya.
Ni el que toca igual aunque no le paguen.
Ni el que después se va a gastar la plata en un lugar que nunca apostó por la música en vivo.
Porque una escena no se construye con quejas, se construye con presencia.
Ir. Pagar una entrada. Quedarse a ver a otra banda. Volver al lugar que te dio espacio. Entender que si no hay público, no hay fecha; y si no hay fechas, no hay escena.
Así de simple. Así de crudo.
El rock en Salto no está dormido porque falte talento. Está dormido porque falta compromiso colectivo. Y si no se entiende eso, la siesta se va a hacer costumbre. Y cuando eso pasa, lo que se apaga no es un género.
Es una identidad.

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