

Todos en el barrio sabían que Don Cosme fue en sus tiempos mozos un ladrón callejero, un ladrón de los de antes. Ahora, atendía un bolichito, una especie de bar, al costado del almacén que atendían su mujer y sus hijos.
Para no perder el vicio, robaba en algún fiado, en alguna medida de bebida, en algún vuelto, pero todo sabían que era por deporte nomás, porque él ya no necesitaba robar.
Siempre solía contar sus hazañas, que nosotros dábamos por cierto, porque siempre las repetía de igual manera.
Don Cosme no miraba los informativos de la tele, y salvo partidos de fútbol, no la prendía porque la violencia le molestaba. Está muy brava la cosa, la gurisada piensa en cosas raras y estimulados a o no, no piensan en nada y hacen cosas que ni en tiempos de guerra se ven.
Los parroquianos sabíamos que Don Cosme aprendió el oficio de ladrón en Buenos Aires, carterista, ganzúa, saltabalcones, punga, boquetero, pasó por toda la escala del mal haber. Y nos contaba de los ladrones lugareños que hicieron historia como el Pies de Seda, Cachito, el Santo Alegre, el Churri, Santanita, el tucumano, y tantos más. Cuando se largaba Don Cosme se largaba….
– El gran invento fue el de los supermercados con los códigos de barra. Yo iba todas las mañanas, como todo el mundo hacer mis mandados al Super. Tomaba el peceto, a veces lengua o pulpa para bifes de chorizo, le sacaba el código de barra, ponía la carne entre la ropa, para disimular compraba unas galletitas, algunas chucherías, y así pasaba ante la caja…
– Nunca lo descubrieron?
– Si, una vez, había una promotora muy hermosa, 90-60-90, que me convidó con un licor, me endulzó, me embobó, me dejó ciego. Tan flechado quedé que me olvidé de sacar el código de barra, cuando paso la caja sonaron más alarmas que en un cuartel de bombero. Se me vinieron unos roperos encima que me sacaron de la etiqueta para afuera…Ese día en casa comimos sólo arroz blanco.
– Qué hizo después?
– Tuve que cambiar de supermercado, porque allí cuando entré de nuevo me marcaron más que al Luis Suárez.
– Cuente lo del auto de su amigo…
-¡Ah!!, la del Tunturro. Resulta que le roba el auto a una señora de un barrio elegante. Y la doña desesperada hace una denuncia al cana que estaba en el patrullero de la otra cuadra. Le da los datos y le dice que el auto tiene un teléfono. El cana, canchero viejo le pide el número del auto y llama. El Tunturro va y atiende y escucha al cana, que no sabía que era cana que le pregunta si se acuerda de él, que era Benavidez, que había quedado en responderle si le compraba el auto. El Tunturro, solo dijo, puede ser…
El cana dice, mire que tengo la plata y quiero hacer negocio ya. Le da la dirección y que si no le quiere vender el auto que le diga pues tiene otros en vista…
El Tunturro pensó, para qué quiero el auto, hago negocio y me llevo la plata, no tengo que reducirlo en ningún aguantadero…La próxima vez que lo vi fue en la cárcel cuando le llevé yerba, jabón y una afeitadora…
– Y es verdad lo del otro amigo suyo que robaba bancos, que se mandó un macanazo?
– Como no, como no, el Pestillo, había entrado en tanta confianza con los empleados de los bancos que una vez robó en una caja y en lugar de salir, depositó lo robado en la otra ventanilla…
. La policía lo esperaba en su casa.
CAMACA

