




El origen del carnaval reside en la transgresión y el desenfreno. Históricamente, fue un periodo de «libertad sin freno» antes de la austeridad de la Cuaresma, permitiendo la ruptura de jerarquías y normas sociales. Sin embargo, hoy existe una intensa tensión entre esa esencia irreverente y la creciente presión por lo «políticamente correcto».
SE ESTÁ PERDIENDO LA ESENCIA?
El debate actual sugiere que la fiesta atraviesa una transformación profunda, de la libertad a la corrección.
Algunos sectores denuncian que la necesidad de no ofender y la censura o presión comercial —como el retiro de patrocinios por abordar temas controversiales— están «amordazando» el mensaje del carnaval.
INSTITUCIONALIZACIÓN Y REGLAS
El carnaval moderno se ha profesionalizado y reglamentado para ser un espectáculo competitivo. Esto a menudo choca con la espontaneidad y la libertad individual que definieron sus raíces.
Se discute si la sátira debe tener límites en temas de género o sensibilidad social. Mientras unos defienden la libertad total para incomodar al poder, otros sugieren que el crecimiento del público obliga a una revisión ética de los contenidos.
Existe la crítica de que muchos conjuntos han cambiado la risa por el «panfleto» político, alejándose de la búsqueda de alegría para centrarse en agendas específicas.
A pesar de estas limitaciones, el carnaval persiste como un territorio de pensamiento colectivo donde la ironía y el grotesco siguen siendo herramientas para denunciar lo que calla la sociedad.
Y uno se pregunta si el carnaval debería mantener su libertad total de transgresión sin importar a quién ofenda, o es necesario que evolucione con los valores sociales actuales?
Si optamos por lo primero, el Gólgota nos espera. Si optamos por lo segundo nos transformaremos, seremos meros espectadores o recitadores de los versos de las carmelitas descalzas…
La libertad de crear, de pensar, de opinar, de criticar, entran a descansar en un estrecho corral de ramas.
No debería ser así.
CAMACA

