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Cada 2 de febrero, cuando el calendario marca el corazón del verano, Salto vuelve la mirada al río Uruguay y a su antigua respiración. No es un día cualquiera, es el Día de Iemanjá, la diosa de las aguas, madre primordial, protectora y misterio, cuyo culto atraviesa religiones, culturas y generaciones.
En la costa de Playa Las Cavas, donde el río es presencia viva en el paisaje, un monumento la recuerda y la espera. Allí, como en otros puntos del litoral, el agua se vuelve altar. Las flores, los perfumes, las frutas, las velas encendidas al atardecer y los cantos que suben suaves o fervorosos forman un ritual que no necesita traducción: habla el lenguaje de la fe, pero también el de la emoción colectiva.
Iemanjá no convoca solo a sus devotos directos. Convoca a la ciudad. Convoca a quienes creen, a quienes dudan y a quienes simplemente sienten curiosidad. Porque este acontecimiento es religioso, sí, pero también social y cultural. Miles de personas participan de manera activa, llevando ofrendas y promesas; otras tantas observan, acompañan, respetan. Y en ese gesto compartido se teje algo más profundo, una comunidad reunida alrededor del agua, origen y destino.
MADRE Y REFUGIO
Para los feligreses, Iemanjá es madre y refugio. Es a quien se le confían los dolores, las pérdidas, los deseos y las esperanzas. Para el observador atento, es una expresión viva del sincretismo que define a nuestra región, donde lo afro, lo popular y lo ancestral dialogan con el presente sin pedir permiso. Para el intelectual, es una escena donde la identidad se manifiesta sin discursos, un pueblo reconociéndose en sus ritos.
Cuando cae la noche y las luces tiemblan sobre el río, Salto parece detenerse. El agua recibe, guarda, devuelve. Y en ese intercambio silencioso entre el ser humano y lo sagrado, Iemanjá vuelve a recordarnos que no todo se explica, pero mucho se siente.
Así, cada 2 de febrero, la ciudad renueva un pacto invisible, con el río, con la memoria y con esa fe que, aun sin palabras, sigue moviendo multitudes.
CAMACA

