

A veces se nos da por abrirles las puertas a algunos relatos que guardamos en nuestros archivos, algunos vieron la luz, otros dormitan desde hace largo tiempo. Hoy queremos compartir tres breves relatos, que no tienen nada que ver entre si, salvo por ser βfrutos de la inspiraciΓ³n del autorβ, como se decΓa antes, y aquΓ estΓ‘n:
CORRALES
Las relaciones entre DamiΓ‘n Corrales y yo, se puede decir que fueron a su tiempo, cordiales.
Es cierto, no iban mΓ‘s allΓ‘ del tratamiento de un comerciante con su cliente. Es mΓ‘s, si me pongo a pensar en la cantidad de palabras empleadas en nuestras conversaciones, Γ©stas, no pasaban de veinte por ocasiΓ³n.
Cada vez que aparecΓa, sabΓa lo que me iba a decir, lo que invariablemente le responderΓa, mis sobrias preguntas, sus firmes respuestas.
Ese ir y venir por los mismos diΓ‘logos, sin dudas, nos habΓan afianzado, y hasta me atreverΓa asegurar, que como parlamento de una obra inconclusa, lo hacΓamos bien.
Cuando decidΓ cambiar el libreto, conjugar nuevos verbos, moverle el piso, como quien dice, Γ©l se mantuvo en sus treces, sin inmutarse.
Cuando volvΓ a insistir, supe que habΓa recogido el guante. ΒΏQuΓ© extraΓ±os mecanismos nos fueron empujando a Γ©sta salida tan poco elegante, un tanto inverosΓmil y definitivamente, sin soluciΓ³n?. No sabrΓa decirlo, como tampoco Corrales.
Seguramente nunca se le pasΓ³ por la mente tales cosas, o quizΓ‘s, si. Sospecho que la respuesta la debe de tener algΓΊn invisible titiritero que ha manejado con astucia a dos torpes marionetas. O quizΓ‘s, un sabio matemΓ‘tico que trazΓ³ lΓneas, elevΓ³ potencias, y en una ecuaciΓ³n rematada en forma contundente, en el mΓ‘s bello estilo, con claridad meridiana, cristalizΓ³ su felicidad.
En cambio yo sigo tratando de hallar una respuesta, tal vez la clave no se encuentre en las palabras, sino en los gestos, en los movimientos tan sobrios de sus manos, cuando seΓ±alaban tal o cual producto. En esa manera de apoyarse en el mostrador, o en su forma de acariciarse los cabellos.
Tal vez allΓ fue hilvanando la estrategia mΓ‘s sutil, que desencadenΓ³ en ruptura de relaciones, agresiΓ³n verbal, y finalmente, en golpes.
Si hubo algΓΊn rechazo de mi parte, seΓ±alo que nunca me cayeron bien esos tipos tan seguros de si mismo, con aires de superioridad.
Sentados ambos en el banquillo de los acusados, con la parcialidad que me impone la condiciΓ³n de involucrado, concluyo que las cosas caben dentro de estas alternativas: si acepto que la culpa se mida por partes iguales, reconozco el porcentaje que me corresponde. Claro que al hacerlo, parto del supuesto que Corrales es consciente de lo que ha hecho, que la estrategia existiΓ³, que los gestos y ademanes no fueron mera casualidad, como tampoco la actitud de hacerse el sorprendido, como que no entendΓa, como que nunca habΓa estado antes ni reconocido sus habituales palabras.
Por una vez su actuaciΓ³n me superΓ³, y el reaccionar, como lo hizo, fue el puntillazo final de un maestro.
Si doy un paso al costado, y asumo mayor responsabilidad en la culpa, estoy reconociendo que soy un poco hΓ‘bil comerciante, capaz de confundir a un cliente con un adversario, y de no tener en claro los lΓmites de la buena educaciΓ³n. Sin olvidarme, claro, que la forma de ser de Corrales me incitΓ³ a actuar de esta manera, aunque como atenuante, no es mucho.
Si finalmente retrocedo, y confieso que la culpa es solamente mΓa y que Corrales fue sorprendido en su buena fe, digo que estoy buscando mi destrucciΓ³n material, que tomo en seres mΓ‘s buenos y puros que yo, represalias que tendrΓa que hacerlas con quienes se la merecen, que no tengo una nociΓ³n de la vida y de los hombres, que pierdo el tiempo, que postergo lo importante, para concentrarme en problemas menores.
En estos momentos, cuando doy por terminado el βCaso Corralesβ, un ladrillo hace saltar los vidrios de la ventana, otro estalla en la puerta. Corro entre el ruido de estanterΓas que se vienen al suelo, y veo como Corrales, en medio de la calle, lanza todo tipos de objetos, con fuerza, con rabia, blasfemando soezmente, como poseΓdo por algΓΊn mal.
SΓ© dΓ³nde estΓ‘ mi revolver, doy unos pasos en su bΓΊsqueda, pero, algo me detiene, y para no caer en contradicciones, vuelvo a pensar como al principio, un tanto desorientadoβ¦
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EL GRANO DE ARENA
A la maΓ±ana era el viento de la bahΓa. A la tarde dolΓa el silencio, apenas quebrado por tres pasos de duras botas. Sentado en cuclillas meditaba. El otro hombre oraba, y de pronto las sirenas, las rejas se diluΓan y todos corrΓan. Al salir al patio, la oscuridad de tela apagaba el sol. HabΓa gritos en otro idioma y perros que gruΓ±Γan.
De todos los momentos era preferible la noche con naturalidad y porque del mar parecΓa brotar mΓΊsica, alegres canciones, risas de muchachas, palabrerΓos de jΓ³venes, en otro idioma, tan extraΓ±o, aunque sin prepotencia, al que todos los dΓas nos movilizaba.
– Yo era feliz con un grano de arena.- DecΓa siempre el hombre que oraba. Yo pensaba en aquellos gigantes de piedras que ocultaban el valle de las cabras y la leche tibia. Tardes y tarde llevando las cabras para hallar refugio y comida, para ellas y para mi en aquel valle donde brotaba sereno un manantial…
Un dΓa todo cambiΓ³, los dioses hablaron y ya nadie fue como era. Ya ni me acuerdo de tanto pasado, hace tiempo que escucho voces extraΓ±as, el viento de la bahΓa, el doloroso silencio de las tardes, la mΓΊsica que trae el mar, las risas, las palabras que no comprendo, y la ausencia del grano de arena.
Hoy el tiempo suena a despedida, el hombre que oraba saliΓ³ y volviΓ³ a la hora como si nada, se habΓa portado bien y no habΓa dejo de castigo. A su regreso me abrazΓ³, llorΓ³ junto a mi, luego en su camastro. Se puso en cuclillas orΓ³ en una hora distinta y es la ΓΊltima imagen que tengo suya. Alguien dijo que se iba muy lejos….
DetrΓ‘s de los muros, aunque sean mil metros, ya es demasiado lejos. OjalΓ‘ vuelva a ser feliz con un grano de arena….
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EL SOLDADO
Β
Apostado en su trinchera el soldado se preguntaba por quΓ© estaba allΓ. Sus ojos, dos radares detectando movimientos, sirenas que conectaban directamente con su Γndice derecho que se estiraba y comprimΓa incontable veces por segundos aferrado a un gatillo tan sensible como siniestro. El tiempo, los disparos y esa pasmosa sangre frΓa, le habΓan asentado el pulso, no importaba la distancia, las balas tenΓan destino y llegaban con mortal eficacia.
Muchas veces pensΓ³ en que la muerte lo iba a encontrar, le iba a pagar con la misma moneda con que Γ©l dejaba enemigos fuera de combate. Balas, estruendos, pequeΓ±as y gigantescas guadaΓ±as se clavaban cerca suyo, presentΓa la muerte, olΓa su perfume de pΓ³lvora y los rΓos de pΓΊrpuras que vertΓan sus amigos de trinchera, antes de ser materia inerte. Ella estaba allΓ, y mas tarde o mas temprano iba aparecer y no la podrΓa detener, lo sabΓa, lo asumΓaβ¦pero no dejaba de pensar.. ΒΏLo seducirΓa hasta dejarlo sin aliento?, ΒΏlo amarΓa en forma apasionada y violenta? O serΓa un touch and go que destruirΓa de unaββ¦.esquirlas de amor.
Y cuando los obuses callaban, cuando las metrallas no tartamudeaban en su letal idioma, aprovechaba para evadirse de su cuerpo y de las trincheras, y en alma, nada mas que en alma, planeando con su mente en los recuerdos, se iba, volaba, se ausentaba. El rΓo que bordeaba el pueblo en los atardeceres, el arroyo claro, de arenas y piedras pequeΓ±as rodeado de Γ‘rboles que parecΓan adorar ese lagrimeo que corrΓa, apenas a unos metros del fondo de su casa.
Bullicio de niΓ±os que se zambullΓan una y otra vez en el cΓ‘lido verano. Las tortas dulces y saladas de la tarde, el cafΓ© humeante, las frambuesas, los melocotones, y aquellas sandΓas verdes con costurones oscuros y cΓrculos overos, que se partΓan y mostraban su rojo corazΓ³n. Los melones, las manzanas y las uvas.
A veces se imaginaba como era el ruido de los tractores abriendo surcos, de los trigales, de las cosechas, de las fiestas, de las alegres muchachas con las que bailaba, los romances, la vida, el primer trago, y aquel puro por el que tosiΓ³ toda la noche.
El fuego nutrido encendiΓ³ la noche, alborotΓ³ a trinchera, la muerte se reΓa a carcajadas mientras jugaba a piedra, papel y tijeraβ¦.
No supo cΓ³mo volviΓ³ a la realidad, pero vaciΓ³ cargadores sin miramientos, tenΓa suerte que la muerte iba y venΓa, pero no lo veΓaβ¦
PensΓ³ en levantarse, agitar sus brazos y decir, βΒ‘eh!, no tiren mΓ‘s, no vale la pena!β¦pensΓ³ en gritar ΒΏquΓ© estamos haciendo acΓ‘?, ΒΏpor quΓ© no vienen y nos suplantan los que inventaron esta situaciΓ³n?, por quΓ© no podemos dormir en tibios colchones, al lado de un amor perfumado, buscar la vida, y no la muerte?
El concierto de plomo lo sacΓ³ de sus pensamientos y de sus locos deseos de terminar una vez por toda con tanta estupidez.
Γrdenes y contraΓ³rdenes los movilizaron, los cambiaron de lugar, lo llevaron muchos metros mas al norte. Era un volver a empezar, era adaptarse de nuevo, era ubicar los puntos mΓ³viles para volver a tirar.
Aquellos niΓ±os de su barrio tambiΓ©n devenido en hombres, estaban en la misma trinchera, algunos ya no, y jamΓ‘s volverΓan a ver el arroyo ni a baΓ±arse en sus claras aguas, otros darΓan todo por volver a pasar siquiera, por el lugar de los dΓas hermosos, por aquellos veranos de aguas y de frutales.
Y las mujeres, las dulces niΓ±as que le agitaban el corazΓ³n, a las que juraba amar, a las que amaba, y las que le habitaron el lecho, los sueΓ±os y sus alegrΓas.
Era lindo amar, era sencillo amar, era de vida, amar, y ser amado. Todos eran jΓ³venes, todos tenΓan sueΓ±os, deseos, alegrΓa, ganas de vivir, y vivΓanβ¦
Un dΓa, alguien del que ni siquiera habΓan oΓdo hablar, invadiΓ³ un paΓs, hubo resistencia, se metieron otros paΓses, por supuesto el suyo. SintiΓ³ el llamado del ejΓ©rcito, y aquel joven que amaba la vida, de pronto se vio como personero de la muerte.
Los estruendos no lo dejaban pensar, por eso cerrΓ³ los ojos y apretΓ³ el gatillo sin detenerse. Sus brazos temblaban, pero no cedΓan, el abanico se agrandaba, ese paneo que llevaba la muerte encasulada, le hacia gritar en forma desaforada un naciente rencor. Se sintiΓ³ invencible, dueΓ±o de almas ajenas, y embebido en ese licor siniestro, sintiΓ³ un picotΓ³n de avispa, luego otro, y otroβ¦.no alcanzaba a divisar el maldito panal, solo el enjambre que zumbaba y picabaβ¦
Tendido cara al cielo, miraba sin ver las nubes. Ya no le importaban las avispas, ni los estruendos, ni los de aquΓ ni los de allΓ‘. Fue cuando divisΓ³ el arroyo del fondo de su casa, sintiΓ³ voces de niΓ±os y se fue corriendo, se zambullΓ³ profundamente yβ¦..
CAMACA
NOTA ORIGINAL FUE PUEBLICADA EN DIAIRIO EL PUEBLO, OCTUBRE 2025

