

La venta de M24 con despidos masivos y la reestructura de TV Ciudad que dejó a decenas sin contrato encendieron alarmas laborales y políticas. ¿Son hechos aislados o el inicio de un nuevo ciclo en el ecosistema mediático uruguayo?
La noticia cayó como un baldazo helado en el mapa mediático uruguayo: M24 fue vendida, y junto al traspaso se anunció el despido total de su plantilla. Cuarenta personas —periodistas, técnicos, productores, administrativos— quedaron de un día para otro sin trabajo ni explicación previa.
Ni el Ministerio de Trabajo, ni el PIT-CNT, ni siquiera el gremio de los comunicadores habían sido informados del proceso. La radio, históricamente vinculada al MPP, pilar del Frente Amplio durante sus gobiernos, quedó en manos de empresarios argentinos ligados al grupo El Observador.
Unos días después, otra pieza del rompecabezas se movió: TV Ciudad, canal de la Intendencia de Montevideo, inició una profunda reestructura que implica el cierre de programas, reducción de horas en vivo, suspensión del streaming y el cese o no renovación de numerosos contratos. Los sindicatos hablan de unas 30 personas potencialmente desafectadas.
Otra vez, lo inesperado, suspicacias, información fragmentada, trabajadores enterándose por la prensa antes que por la institución.
Los dos casos, tan cercanos en el tiempo, obligan a preguntarse si se trata simplemente de decisiones económicas o de algo más profundo. Porque el golpe no cayó sobre medios privados tradicionales, sino sobre espacios ligados históricamente a la izquierda, al Estado o a la comunicación pública alternativa.
QUÉ ESTÁ PASANDO CON LOS MEDIOS Y EL TRABAJO PERIODÍSTICO?
Los hechos permiten ver al menos tres tendencias claras:
- Precarización acelerada del trabajo periodístico
Despidos colectivos, contratos cortos, reestructuras abruptas. Incluso en medios que hasta hace pocos años parecían resguardados por su identidad política o su función pública.
- La lógica del mercado coloniza espacios antes ideológicos
La venta de M24 no es solo una operación comercial, simboliza un viraje cultural. La política que alguna vez creó medios para sostener un proyecto comunicacional parece ahora aceptar, o al menos tolerar, que esos mismos medios entren en el juego del capital privado.
La pregunta incómoda flota: ¿la izquierda también juega con las reglas del libre comercio?
- Concentración y pérdida de pluralidad efectiva
Cuando radios y canales ligados a movimientos sociales o instituciones públicas se venden, se recortan o cambian de manos, el mapa de voces se empobrece. No necesariamente por censura, sino por dinámica estructural, capitales más fuertes absorben espacios que antes representaban matices del debate nacional.
DEL IDEAL COMUNICACIONAL AL PRAGMATISMO ADMINISTRATIVO
Durante los gobiernos del Frente Amplio existió un impulso por crear y sostener medios alternativos, comunitarios, culturales o de contracara frente a la prensa tradicional. Esos proyectos sobrevivieron —a veces con dificultades— a base de identidad política, militancia o convicción cultural.
Pero hoy el escenario parece otro: déficit presupuestales, reestructuras administrativas, medios que ya no movilizan a sus propias bases, decisiones que privilegian la eficiencia antes que la diversidad.
Las instituciones, incluso las progresistas, parecen operar bajo la lógica del cálculo y el ajuste más que bajo la del proyecto comunicacional.
QUÉ SE VIENE?
Todo indica que Uruguay está entrando en un nuevo ciclo mediático, uno donde la estabilidad laboral disminuye, los proyectos identitarios se diluyen y la economía —no la política, no la cultura— ordena el tablero.
Esto no significa que la comunicación crítica vaya a desaparecer, pero sí que probablemente deberá reinventarse: nuevos formatos, cooperativas, redes, medios de nicho, plataformas híbridas.
Lo que está seguro es que estos dos episodios no parecen accidentes aislados, sino síntomas de un cambio estructural. Los periodistas lo sienten en sus contratos; la audiencia, en la oferta que se achica; y la democracia, en el silencio que siempre deja cualquier voz que se pierde.
Quizás la pregunta ya no sea qué se está desarmando, sino qué somos capaces de construir frente a este panorama. Si la comunicación vuelve a pensarse como un bien público, o si definitivamente queda librada a las leyes del mercado. En ese diálogo pendiente entre política, cultura y ciudadanía —más urgente que nunca— se juega buena parte del futuro del mapa mediático uruguayo.

